Nostalgia y emoción con lágrimas a flor de piel para honrar a un grande.
El Pato Alonso tuvo su merecido tributo en una tarde para el recuerdo. Y como a sus reconocidas virtudes de jugador le acopló siempre su perfil de buena persona, no extrañó entonces el gran número de amigos, conocidos y gente del ambiente futbolero que se acercó hasta el club San Martín para acompañar con marcado sentimiento al Pato y su familia, en una cabal demostración de que los ídolos populares nunca pierden vigencia.
El momento cumbre del acto fue al correrse el paño celeste colgado en la entrada del gimnasio, que dejó al descubierto el mural con el retrato del homenajeado.
Espontáneamente, el ¡Olé/Olé/Olé…/Pato/Pato…!, tronó en el aire y, sin darnos cuenta, quizás su figura viajó al pasado para instalarse con magia en aquellas jornadas memorables cuando con la “diez” de los celestes generaba la ovación de la tribuna.
¿Cómo encontrar el mejor adjetivo para definir al Pato jugador? Simplemente decir que fue aquel que mejor interpretó en sus tiempos, que el fútbol se juega con la cabeza y se ejecuta con los pies. Fue el gran festejo del universo sanmartiniano, con una puesta en escena de la organización, impecable.
Hubo además del tributo a Raúl Alonso, reconocimiento a viejas glorias deportivas de la institución: Menard (jugador de la década del 50), Aránguez, el “Indio” Mora, el “Chente” Burgos (foto), Carloncha Arias, Abel Viedma, el “Pepe” Romero, Simón Vega, Pedrito Sangre, Hugo Barragán, Jorge Zapata (entrenador del campeón del 88) entre otros.
De Allen llegó uno de los hermanos Barraza, identificado con el club Alto Valle, pero también con pasado en los Leones compartiendo equipo con el Pato.
A cada uno de ellos la C.D. le entregó una camiseta del club con el nuevo diseño, al igual que a dos notables valores albinegros que se sumaron a la celebración para saludar al destacado colega y amigo: el “Ruso” Strack y el “Gallo” Fernández.
El Pato, en silencio, seguramente percibió en sus adentros todas y cada unas de las muestras de afecto y empatía que generó su presencia, porque como todos sabemos, lo esencial, a veces, es invisible a los ojos…
Para un grande, los homenajes no tienen fecha de vencimiento; el reconocimiento permanente es imperativo: prohibido olvidar.