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Un asado en la vereda con un aroma bien cipoleño

Un grupo de reconocidos vecinos se junta a comer los lunes en la calle.

Una idea espontánea que terminó convirtiéndose en reivindicación de una vieja costumbre perdida en Cipolletti: el encuentro con el otro en la vereda. Un chulengo como excusa pero también como protagonista y aglutinador de un grupo heterogéneo de hombres que se reúne los lunes a las 21:30 frente a las puertas de la carnicería de los hermanos Julio y Diego Blanco, sobre calle 9 de Julio casi Villegas. “Somos amigos del día a día y de toda la vida”, cuenta Salvador Naza, dueño del kiosco de la misma cuadra.

La idea surgió casi al pasar, cuando en una charla entre Salvador, Fernando Perilli y Daniel Mancini, propietario de la pizzería El Tano, comenzaron a darle forma a una expresión de deseo que siempre quedaba en la nada.

“Nos juntamos un día y alguien dijo ‘tenemos que hacer un asado’. Yo dije ‘bueno, traigo el tacho y lo hacemos acá en la vereda. ¿Qué nos van a decir? Cortan las calles, queman cubiertas y no dicen nada. Nosotros no vamos a ensuciar nada y si nos dicen algo, les convidamos un pedazo de asado’. Y así se armó la historia”, recuerda el Tano, y contabiliza: “La primera noche, seis personas. El segundo lunes ya éramos 13”.

Bruno Bordignon, otro de los comensales, rescata la diversidad de los personajes que asisten a la parrilla de vereda, tanto por sus edades como por sus actividades y modos de pensar. “No es un grupo, es un zoológico. Nunca somos menos de 10”, describe.

Mancini dice que él fue quien aportó primero el chulengo, pero como era prestado lo relevó Enzo Giacinti, quien a partir de ese instante se transformó en “el dueño de la guitarra”. “Es como el gordito de la pelota que lo mandaban al arco. Quizás hablan bien de mí porque quieren garantizarse que el chulengo esté”, dijo con humor Giacinti, y añadió: “Un lunes yo no podía estar y se los dejé para que lo usaran”.

Ritual para arrancar la semana

El lunes fue elegido para que pueda ir el Tano, ya que ese día no abre su local. El encuentro, que se extiende hasta la 1:30, arranca pasadas las 21:30, hora en que los negocios están cerrados y no queda nadie. Si bien hay algunas banquetas, la idea es “comer a lo gaucho” y “picar como los obreros de la construcción”.

El Tano contó que sólo una mujer que pasó amenazó con denunciarlos. “Le dijimos ‘señora, vaya tranquila, no se enoje, le convidamos un pedacito de entraña. No estamos haciendo nada malo, tomamos juguito, agua, una botella de vino entre todos, tranqui’”.

En sintonía, Bordignon rememoró: “Un día paró el patrullero de la Policía para comer, también el barrendero”. Y comentó que hasta dos chicas se prendieron a probar el asado, rompiendo por un ratito la cofradía masculina.

Como antes

Recuperar una vieja costumbre

“Estamos impulsando el boca en boca para propiciar los encuentros de vereda”, anuncia Bruno Bordignon, referente del radicalismo en Cipolletti. “Se ha perdido esa vieja costumbre de juntarnos, los vecinos estaban cada uno en el frente de su casa con la silla afuera y los chicos nos mezclábamos todos”, recordó con una gran cuota de nostalgia. Por su parte, Enzo Giacinti sostuvo que “Cipolletti siempre se caracterizó por ser una ciudad muy igualitaria, donde el hijo del chacarero y el peón de campo jugaban juntos. Había una cultura de barrio, de vereda, que perdimos y algo de eso motivó que nos empezáramos a juntar”. Y en ese sentido, señaló que los vecinos fueron cambiando su modo de relacionarse: “La inseguridad y las tragedias como el triple crimen nos fueron metiendo para adentro, Cipolletti se puso más gris”.

Temas que se evitan

La grieta política no divide la mesa

“Menos de política, charlamos de todo. La consigna es pasarla bien”, sostiene el Tano Mancini, uno de los comensales titulares de la mesa de los galanes versión cipoleña. Por su parte, Enzo Giacinti explica: “Todos nos conocemos, somos buena gente y sentimos lo mismo por Cipolletti, entonces lo ideológico y lo político terminan siendo secundarios. Las chicanas están, pero no hay debate de ideas”. Mientras que Salvador Naza, dueño del kiosco de la esquina de 9 de Julio y Villegas, sostiene: “Nos reímos de nosotros mismos, nos cargamos, contamos algún chiste o cuento”.