Los pobladores de la toma de las vías, en Ferri, viven tiempos de temor y preocupación. Entre ellos habita un vecino con presuntos problemas psiquiátricos que se estaría volviendo, con el paso del tiempo, cada vez más agresivo. El último hecho que protagonizó ocurrió el martes, cuando atacó a pedradas un auto que había ingresado al asentamiento. La violencia del ataque quedó reflejada en la rotura del parabrisas y de las ventanas del vehículo.
Por fortuna, las dos personas que iban a bordo del rodado sufrieron lesiones menores pero el susto no se los saca nadie. Fue un momento de gran tensión, que pudo haber terminado de peor manera. No fue así, y es un alivio, pero el vecindario se sintió muy perturbado y el miedo ya existente por lo que serían pasadas experiencias, con el mismo protagonista, se acentuó marcadamente.
Una vecina, que prefirió mantener en reserva su identidad, se comunicó para dar referencias sobre lo acontecido. Contó que el ataque al auto se produjo alrededor de las 16 del martes y motivó que se diera aviso a la Policía y al Hospital para que intervengan en el caso. Lamentablemente, su presencia se demoró más de lo deseable y aun de lo necesario para este tipo de circunstancias.
Lo concreto es que el agresor consiguió darse a la fuga, aprovechando los recovecos del caserío y la cercanía de las chacras. Con el avance de las horas y la llegada de la noche, el temor se expandió con más intensidad entre los pobladores. Creían que el alterado vecino podía salir de las sombras e intentar meterse en alguna de las casas.
Al final, apareció ayer por la mañana. De inmediato, se convocó otra vez a la Policía y al Hospital. A la postre, se logró inyectarle la medicación que se acostumbra suministrarle y se tranquilizó. Pero el efecto le duró poco y al rato se lo vio salir de nuevo de su vivienda y pasearse por las vías y alrededores.
Al momento del ataque, los vecinos también alertaron de lo que estaba pasando a familiares del hombre, quien ronda los 40 años de edad. Su madre prácticamente a diario se acerca desde la zona urbana de Cipolletti para traerle comida. A veces, incluso lo hace desplazándose varios kilómetros a pie porque los colectivos suelen salir de servicio por desperfectos. La prestación es mala y no deja alternativas.
Por lo que saben los habitantes, el agresor padece una enfermedad mental diagnosticada, de la que dieron el nombre preciso, pero que aquí se prefiere mantener en reserva por cuestiones que hacen a la intimidad de las personas. Lo cierto es que vive hace unos cinco años en el asentamiento, donde tiene una casita de material que le hicieron sus familiares. La vivienda está justo enfrente de un comedor comunitario.
Al parecer, cuando llegó a la toma no presentaba tantos signos de alteración nerviosa, salvo su marcada tendencia a permanecer solo. Sin embargo, tanto su soledad como sus accesos de ira se han ido acentuando con el tiempo. Al presente, no serían pocos los vecinos a los que encaró en forma destemplada, causándoles pavor.
Por su presunta enfermedad, debería tener un acompañante terapéutico que lo visitara con frecuencia, lo que no estaría sucediendo. Y la Policía y el Hospital poco tienen que hacer, entre otras cosas, porque no disponen de los medios y recursos para enfrentar en forma permanente el problema. Así las cosas, hoy se teme que se acentúe su furia y que pueda volver a estallar en cualquier momento.