No es que el momento se preste para disfrutar la plenitud del mar, pues literalmente no está, se retira. Más bien es ideal para la práctica de disciplinas deportivas, como el carrovelismo, que requiere una superficie extensa y plana. O bien, gozar de la tranquilidad y la intimidad que regala la amplitud de arena.
Su calma contrasta con el griterío de los vendedores y los altoparlantes que se escuchan en las playas más concurridas. Aquí todo es apacible, con un silencio que sólo pueden interrumpir las gaviotas.
Cuando el mar avanza hasta su punto cúlmine y la olas estallan más cerca, se presta para el inevitable chapuzón. Cambia totalmente el paisaje, pero así y todo conserva uno de los mayores atributos que tiene este punto de la costa: la seguridad. Sobre todo para los niños, pues es posible caminar decenas de metros aguas adentro, que apenas llega a la altura de la rodilla.
La Mar Grande es un balneario que hasta hace algunos veranos parecía reservado a los lugareños. Pocos turistas llegaban a visitarlo porque no se conocía. Sin embargo su belleza se difundió de boca en boca y ahora reúne a cada vez más gente, aunque no tiene servicios y hay que llevar provisiones.
Para llegar se debe tomar el camino que conduce a la planta de Alpat, que nace en el cruce de rutas en el ingreso a Las Grutas.