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Madre e hijo, unidos en una súper necesidad: "Vergüenza es robar"

Enferma y con una dura historia detrás, Cristina pide en la puerta de un conocido supermercado de Fernández Oro, mientras su hijo que la cuida limpia vidrios de los coches allí estacionados. Privaciones, dolor, sueños, solidaridad...

Un gentil hombre sale del súper, se agacha y le obsequia a Cristina una lata de atún “para las Pascuas”. Camina unos pasos y también colabora con Javier, que acaba de dejarle los vidrios de la camioneta impecables. Ambos responden con un sincero y efusivo “¡gracias!”.

Al rato, una señora se solidariza y le entrega un billete de $100 a quien pide en la puerta de una de las sucursales de la Cooperativa Obrera en Fernández Oro (San Martín 22), frente a la rotonda y al Parque, sentada en el mismísmo suelo. “Dios te acompañe”, le desea la clienta del supermercado, a lo que la humilde mujer retribuye con una tierna sonrisa y el pulgar para arriba.

Son madre e hijo, unidos en la extrema necesidad. Ella, Cristina, padece una enfermedad que la condiciona laboralmente, pero aún así, a los ponchazos, se las rebuscó para criar sola a sus cuatro descendientes.

Él, Javier, no quiere dejarla sola, ya que está grande y con achaques de salud de todo tipo. Le gustaría retomar algunos de sus trabajos anteriores, pero el estado de quien le dio la vida lo limita.

Este jueves santo, que sensibiliza e invita a la reflexión, cuentan su dura historia de sueños frustrados y privaciones, pero con la frente en alto: “Vergüenza no es pedir ni ofrecer un servicio como limpiar el vidrio. Vergüenza es otra cosa, vergüenza es robar…”.

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Son oriundos de Roca, pero residen en la vecina ciudad desde “hace más de 10 años. Yo me vine primero y ella me siguió”, explica el muchacho que anda con la botella de agua, el detergente y el secador, sus herramientas de trabajo.

“Allá quedaron mis otros tres hermanos, dos mujeres y otro varón. Yo fui el que me hice cargo de mamá, quedé medio solo, pero los entiendo a mis hermanos, ellos tienen familia, sus trabajos y cada tanto vienen a verla a la vieja. Yo no tengo a nadie más que a mamá”, comenta a corazón abierto el muchacho.

Cristina tiene 60 años, pero la vida la golpeó duro. Se la nota triste y cansada. Habla poco y bajito. No obstante, se hace entender. “Mi hijo limpia coches y yo pido. ¿Si la gente me ayuda? Algo sí”, responde escuetamente.

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Luego expone su drama de salud. “No puedo trabajar porque sufro ataques epilépticos, cada dos o tres días me agarran fuerte. De chica lucho con eso”, revela la señora, que pese a la agradable temperatura no se quita el camperón azul, ni el multicolor abrigo que luce debajo.

Valora la compañía de Javier (40) y afirma que, pese a todos los contratiempos, “estoy bien, estoy viva, no me quejo”.

Tras mejorar la visión y estética de otro vehículo, su hijo se arrima y más locuaz asegura que “nos duele estar en esta situación, si venimos acá es por necesidad. Conformes con esta vida no estamos, claro”.

“Como mi mamá tiene problemas de salud, yo no puedo salir a laburar por mi cuenta porque tengo que estarle encima. Es triste verla así, ha sido una buena madre, la remó sola”, lamenta y realiza un gesto de resignación. En su rostro hay, además de tristeza, secuelas de una afección de la piel que le atribuye a “los nervios”.

Aclara que “toda mi vida trabajé, hice de todo. Lavaderos de autos, aserradero, ayudante de albañíl, lo que sea”. Y si de soñar se trata, confiesa: “Me gustaría salir con mamá de acá. Soñamos con la casa propia y conseguir un sueldo para estar mejor. Con tener mi propio negocio para dejar de andar trabajando así. Pero ahora estamos acá peleándola”, amplía este vecino del Costa Linda.

En el final agradece la solidaridad de la gente y “a la Coope” que les permite permanecer allí para tratar de hacerse un mango. Cristina y Javier, madre e hijos, supernecesitados de ayuda.