{# #} {# #}
Con cara de sueño y evidente preocupación, tras una noche agitada y los pronósticos desalentadores, María Teresa se cruza al centro comunitario esquivando charcos y tratando de hacer pie entre tanto barro para pedir “más bolsas de arpillera”.
Mientras, ahí enfrente, su marido Alberto no para de cargar relleno en la carretilla en una ardua tarea contra reloj. Tienen el fondo de su humilde casa tapado de agua y con la amenaza latente de penetrar al interior de la vivienda como “ya les pasó a varios vecinos”. Encima, hay una nieta que duerme adentro y “a la que amamos y cuidamos”.
“No pegamos un ojo anoche”, explica la señora a LM Cipolletti e invita a ingresar a su terreno, a la vera del intratable Río Neuquén, para comprobar de cerca los estragos que está causando la crecida que intentan combatir y neutralizar como pueden en una lucha desleal.
Una mini laguna en el patio, el olor desagradable que producen entre el agua estancada y la humedad de las cosas mojadas y el intimidante ruido de la correntada a pocos metros. Triste imagen, angustiante escenario.
“Mi esposo llegó a salvar las máquinas del trabajo pero esto te arruina todo. Obvio que estamos alertas y tratando de que no nos tome por sorpresa”, cuenta la mujer, de unos 50 años y dice que es la primera vez que la naturaleza los castiga de esta forma.
Al menos, en situaciones límites aflora la solidaridad, como la de esos muchachos que recorren las callecitas angostas y anegadas convidando torta fritas. Hay hambre, claro, pues se acerca un mediodía “de miércoles”, justamente, aunque a muchos no les pasa un “bocado” de los nervios.
Y a la vuelta, por la misma manzana, se complica mucho más y se torna intransitable. Las cintas de la Municipalidad advierten que no se puede avanzar pero hay gente, claro, del otro lado que la está pasando mal.
Zona de riesgo
“Tenemos 4 familias en la ribera del Río complicadas. Se les suministra leña, alimento, leche, colchón y frazadas. Defensa Civil está trabajando a destajo y siempre esos elementos hacen falta”, explica César Rodríguez, uno de los referentes del recinto comunitario.
Gisela, en tanto, atiende la carnicera de la zona (Titín). Sabe que son días pocos propicios para recaudar pero igualmente mantiene el comercio abierto en medio de un panorama desolador. Porque necesita el mango y también con espíritu solidario ante la emergencia.
“Acá también a disposición”, comenta, bien predispuesta, mientras describe amablemente la situación de las cuadras aledañas y rumbea al equipo de LMC: “Poco más adelante si siguen derecho se pone heavy, yo zafo por ahora pero mi vecina tiene todo el fondo ganado por el agua y debió ser evacuada…”, confiesa.
El dato que aporta no es menor, ya que la mayoría de los lugareños prefieren continuar en la zona pese a todo “para cuidar y defender a muerte lo poco que tenemos. Porque ya pasó otras veces que le han entrado a los que se van. Igual los propios vecinos recorremos de noche y estamos conectados en los grupos para evitar robos”, indica otra señora esforzada que prefiere que no trascienda su nombre.
“Vinieron unos camiones de la Municipalidad y Defensa Civil. Pero parece que lo peor aún no pasó. Estamos asustados”, admite, en el final, una de las pocas que se anima a andar en la calle. Lo hace, eso sí, por necesidad, en esa denodada búsqueda por reforzar sus hogares a pocas horas de que la crecida llegue a los temidos 600 metros cúbicos por segundo”.
La gran mayoría ni se asoma y permanece con sus pequeñas casas lo más blindadas posibles: puertas y ventanas cerradas, persianas bajas, bolsones y hasta escombros bloqueando el ingreso del agua. También están los que en ese contexto deben salir, haciendo malabares, y dejan sus hogares a resguardo de otros vecinos.
Tensa calma y tristeza en el Costa Norte, un barrio pasado por agua y en alerta.
Qué necesitan los afectados
Por su parte, Pablo Cavak, de una organización solidaria, pidió a la comunidad que tienda una mano para cubrir las necesidades básicas en medio de las urgencias. “Estamos necesitando botas de goma de cualquier talle, para chicos, grandes, nylon para hacer contenciones... También bidones de agua, sabutamol y puff para muchos abuelos de la zona por el tema de la humedad. Dipirona para los chicos por la fiebre”, enumeró. La solidaridad, por suerte, no hace agua.