Jugaban por amor a la camiseta, el club era literalmente su segunda casa y nunca pudieron vivir del fútbol. Todavía se emocionan cuando empiezan a recordar anécdotas de entrenamientos, de concentración, de grandes triunfos y de duras derrotas.
Aníbal Iachetti, Gastón González y Atilio Scopel se juntan en la platea de La Visera y se saludan de una manera efusiva, cariñosa y cómplice. No hace falta que expliquen la buena relación y el compañerismo que tenían cuando compartían los planteles. Se ve a simple vista.
En medio del reencuentro, uno mira hacia la cancha y lanza un durísimo cuestionamiento al polémico césped sintético que está haciendo estragos en los futbolistas. Los otros dos no solo asienten, sino que se suman a la crítica. Afirman que el juego es otro con el pasto artificial.
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La tarde del 9 de julio de 1995, a Cipolletti se le escapaba el ascenso al Nacional B al perder contra San Martín en San Juan por 3 a 2. El Albinegro tenía que ganar porque llegaba un punto abajo de los locales en el cuadrangular final.
El viejo Torneo del Interior era muy distinto al Federal A que se disputa hoy. Los 48 participantes se repartían en zonas de 4 y 5 equipos que eran a matar o morir y las tribunas ya explotaban en las primeras fechas. Ocurría lo mismo cuando Cipo salía de visitante. El apoyo era masivo. Para ese choque en tierras cuyanas viajaron más de 1000 hinchas, algo que ya había ocurrido en una ronda anterior ante Liniers en Bahía Blanca.
Aníbal jura que en el partido de ida contra los sanjuaninos, en un córner a favor sobre el final, sintió moverse la cancha del aliento que bajaba de las populares. Gastón y Juani (como lo conocen todos a Scopel) dicen que salían a la cancha convencidos que de acá nadie se llevaba puntos.
Los números les dan la razón. En cuatro temporadas seguidas, del ’92 al ’95, el Albinegro sólo perdió una vez de local: fue en el ‘94 en el recordado pleito contra Godoy Cruz, que terminó con la brigada especial de la Policía rionegrina disparando a mansalva hacia la gente.
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Iachetti comenta que el clima estuvo enrarecido en la previa y durante el partido en San Juan. Cree que estaba todo orquestado para la consagración del Santo. La hostilidad fue tal que confiesa que por momentos se desconcentraba para mirar cómo estaban sus papás en el pequeño espacio que le asignaron a la hinchada del Capataz.
Juani, que esa tarde entró en el segundo tiempo, admite que le pasó lo mismo porque su padre también estaba allí y desde la cancha se notaba que la estaban pasando mal. Se lamenta cuando recuerda que no pudieron aguantar el 2-1 (goles de Juan Sánchez y Claudio Osterrieth) con el que se habían ido a los vestuarios.
Gastón expresa bronca porque está convencido de que le cometieron falta en la jugada previa al gol del empate de los sanjuaninos. Aníbal está de acuerdo con el arquero y señala que ese fue el momento en el que se definió la historia.
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Con la nostalgia a flor de piel, destacan la unión de ese grupo, al que califican de espectacular. Y creen que los resultados se daban precisamente por esa solidaridad y porque buena parte de ese plantel estaba integrado por amigos.
Juani y Gastón hicieron inferiores juntos porque son de la misma categoría (tienen 42 años) y eran compañeros de habitación cuando el equipo salía de la ciudad. Se divertían con el “familiy game”. Hoy, los dos están en empresas de servicios petroleros.
Aníbal tiene cuatro años más y trabaja en un estudio contable, la misma ocupación tenía en sus tiempos de futbolista, claro que en aquella época contaba con los permisos para entrenar y jugar. Aunque Lucho (como lo llaman en el club) tiene una actividad extra que lo enorgullece, es su cable a tierra y le llena el alma: está a cargo de la escuelita de fútbol desde hace más de 5 años.
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Los tres viven en Cipolletti. Remarcan que siempre los “canteranos” eran los que menos plata ganaban, los últimos en cobrar y muchas veces pasaban varios meses sin ver un peso. A Juani y Gastón el club les quedó debiendo algunos sueldos. Nunca los reclamaron por la vía legal, como sí lo hicieron otros.
Todo eso también es una muestra de entrega y pasión por la camiseta.
Ponía los apodos
Lucho, el de las bromas pesadas
Aníbal es el más reservado de los tres; sin embargo, sus compañeros lo acusan de ser el que hacía las macanas y el que le ponía apodos a todos. Juani recuerda que en una práctica Lucho puso betún en el casco que usaba el doctor Alberto Lamuedra. Sin darse cuenta, el médico volvió a Neuquén para retomar su labor diaria. Bajó de la moto y, al ingresar a su consultorio, notó que era el destinatario de todas las burlas. Dicen que gritó: “Iachetti y la put…..”. Sabía con qué bueyes estaba arando.
Un fuera de serie El Chala Parra, el ancho de espadas Hubo algo recurrente en toda la nota: las proezas futbolísticas de Pablo Parra. Juani y Gastón compartieron inferiores y dicen que desparramó su talento en todas las divisiones. Era su as de espadas.
A otro que nombraron mucho fue al Indio Solari Gil, al que veían como un superhéroe. Gastón recordó cuando lo protegió de los barras que querían agredirlos en cancha de Morón. Y Scopel, cuando agarró del cuello a un mediocampista de Arsenal que le hablaba de más el día que debutó.
1-5 con Rosamonte y 5-0 a Antoniana
Dos goleadas: el peor partido de sus vidas y uno de los mejores
En esa campaña del ’95 les tocó jugar lo que calificaron el peor partido de sus vidas. Rosamonte de Apóstoles, en Misiones, los pasó por arriba y les ganó por 5 a 1. La goleada ya estaba consumada en la primera etapa con un 4 a 0.
Aseguran que el calor nos les permitía mover las piernas y que, si hubieran podido, habrían pedido el cambio.
Entre risas y en tono burlón, recuerdan el mensaje del DT Ángel Celoria en el entretiempo. “Tenemos un 83 por ciento de chances de darlo vuelta”, les dijo. Confesaron que no tenían fuerzas ni para contestarle. Claro está, en la segunda parte, la paliza se consumó.
Como todo tiene revancha, un mes después, Cipo jugó el mejor partido de esa temporada al humillar por 5 a 0 a Juventud Antoniana en La Visera en el inicio del cuadrangular final. Esa tarde, Pablo Parra convirtió tres goles y la dejó chiquita.
Tragedia: se enteraron al llegar
Un “silencio sepulcral” envolvió el viaje de vuelta del plantel. No había ánimo ni siquiera para prender la radio. Del accidente en el que murieron dos hinchas que regresaban de San Juan, los jugadores se enteraron recién cuando llegaban a Cipolletti el lunes al mediodía. Al parar en el semáforo de la calle Mariano Moreno, pusieron LU19 y allí se anoticiaron, al menos, de lo que se sabía hasta ese momento.
En el colectivo de los simpatizantes viajaban dos jóvenes de la barra de amigos de Juani y Gastón: Gerardo Papazian y Gabriel Flores, quienes estuvieron entre los heridos de mayor consideración.
Para los futbolistas, la derrota deportiva terminó siendo una anécdota después de la tragedia. Confiesan que en un principio tuvieron un sentimiento de culpa porque los que perdieron la vida estaban en ese lugar por haber ido a alentarlos. Entre todos los integrantes del equipo charlaron el tema como una forma de sobrellevar la angustia y el dolor.
Ya menos indignado porque el tiempo va curando las heridas, Scopel relata que a los pocos días los jugadores del club tuvieron que viajar a Chos Malal para disputar un partido con un combinado local por el aniversario de la localidad neuquina.