El contacto con descendientes de familias asentadas tempranamente en estas tierras de la Norpatagonia nos hace inferir la riqueza del legado cultural dejado por ellos. Los inmigrantes pusieron mano a la obra y cambiaron la fisonomía de la región.
La familia que nos ocupa hoy se inició con Antonio Briz, casado con Josefina Colja, yugoslavos de Dornberk Montespino, a unos 40 kilómetros de Trieste. Uno de sus hijos, Francisco Miguel, nacido en 1901, se casó con María Skomina (nacida en 1904) hija de Andrés S. y Teresa Sinigoj. Aún se encontraban en Eslovenia, ex Yugoslavia, en plena Primera Guerra Mundial: María iba a la primaria de noche y fue alcanzada por las esquirlas de una granada en una de sus piernas, que le dejó cicatrices que la acompañaron toda la vida.
Francisco y María se trasladaron a Génova para embarcar a América, pero debido a un tema de la documentación, Francisco debió postergar la salida y volver a Dornberk, mientras María permaneció en Génova. Iban a embarcar en el Princesa Mafalda, que naufragó en 1927 frente a las costas de Brasil. Debido al tema de los documentos, el matrimonio Briz pudo llegar a la Argentina recién en marzo de 1928. Sus apellidos fueron mal escritos, Briz era Bric y Skomina se transformó en Scomina.
Se alojaron en el Hotel de los Inmigrantes y desde allí los enviaron a Cipolletti, al Hotel Argentino, para trabajar como ayudantes de cocina: un tiempo antes había llegado un pariente a Cinco Saltos. Sus nietos recuerdan que María decía que fue como una película: no tenían casi dinero y uno de los mozos del hotel que estaba situado enfrente de la estación de trenes vio a la pareja muy cansada. Les ofreció comida, pero se negaron porque no tenían dinero. Les dijo que comieran y que cuando consiguieran trabajo le podrían pagar. “Siempre recordaba la nonna ese día ya que decía que fue la primera comida de calidad en muchísimo tiempo”.
Luego compraron un lote de manzana en 9 de julio al 600, donde construyeron una vivienda de adobe y usaron el fondo del terreno para plantas frutales y una huerta. Este matrimonio tuvo varios hijos: Mario; fallecido de niño, Juana María, nacida en 1933, Antonio Demetrio, en 1934 y Alfredo Andrés, en 1936.
En 1937 falleció Francisco Miguel, y al tiempo doña María se casa con un señor llegado desde Italia, Santos Aceto. Al conocer a la viuda y a sus hijos nació en él un cariño muy fuerte. Había llegado trasladado por el ferrocarril. De esta unión nacieron otros hijos: Luis Donato en 1939, Rafael Humberto en 1942 y Carlos Daniel en 1946. Don Aceto, al ser empleado ferroviario podía usar algunos pasajes gratis en tren, como era usual en aquellos tiempos.
Hermosos recuerdos hay de esta familia numerosa: la madre lavaba la ropa en tina con agua traída del canal de calle Alem, la casa fue mejorada y ampliada con el correr del tiempo y siempre rodeada de plantas, con parral y un eucaliptus que daba sombra en el verano. Usaban la cocina a leña. El segundo esposo de doña María, recuerdan sus descendientes, era muy bueno, una gran persona, procurando el bienestar de todos los hijos de esta familia. Los entretenía tocando el acordeón, igual que a sus nietos. También tenía en su casa una fábrica de vino casero, que disfrutaban junto con los seres queridos en interminables reuniones.
Los hijos formaron sus respectivas familias. Juana Briz contrajo matrimonio con Sante Trovarelli (inmigrante italiano que se dedicó a la actividad industrial), y se establecieron en Cinco Saltos. Tuvieron a Jorge, Silvia, Carlos y Pablo. Salvo Carlos, quien se dedicó a la vida religiosa, los demás formaron sus respectivas familias y fijaron residencia en la zona. Antonio Briz se dedicó al comercio y se casó con Ángela Giardina y tuvieron a Antonio Alejandro y Sergio. Alfredo Briz se casó con Teresa Hernández: tuvieron a Néstor, Omar, Diego y Lorena. Alfredo tenía un taller mecánico automotor en Cinco Saltos.
Luis Aceto se casó con Nélida Maíz y tuvieron a Eduardo, Graciela y Roberto. Humberto Aceto se casó con Irma Schwarz y tuvieron a Elsa, Gustavo, Darío y Mario. Carlos Aceto se casó con Aidé Schwarz y tuvieron a Raúl, Verónica, Laura, Daniel, y Antonella. Carlos fue empleado bancario y luego comerciante, igual que Humberto y Carlos. Estas tres familias se radicaron en Cipolletti.
Estos inmigrantes, que dejaron su tierra en Europa atravesada por las guerras y la escasez, formaron en Cipolletti una prolífica familia, a fuerza de trabajo, esfuerzo y cariño familiar. Era muy común ver a sus numerosos nietos (en total 22) visitarlos y pasar largos momentos con ellos. En los años 60 y 70 era habitual verlos organizar salidas familiares, abuelos, nietos: pasaban el día en El Chocón, o Lago Pellegrini. El deporte favorito familiar fue el fútbol, condimento especial en las reuniones, jugaban todos contra todos y compartían hermosos momentos.
Un relato familiar conmovedor, afectuoso, relatado por integrantes de la familia: colmado de gratos recuerdos que atesora cada uno en un rincón de su corazón. Todos vinieron a escribir la historia del Alto Valle con sus costumbres y vidas traídas desde afuera, vidas que se prolongaron acá con sus familias constituidas, costumbres heredadas por sus descendientes, que los honran y los recuerdan todos los días.