¿Cuántas veces le ha sucedido encontrar en su hogar boletas o cartas que pertenecen al vecino? Lo correcto es llevarla hasta el domicilio. Probablemente, la primera, la segunda, quizá hasta la tercera vez uno lleve el documento a su verdadero dueño. Pero cuando la situación se prolonga en el tiempo, la caminata comienza a cansar. La amabilidad puede empezar a flaquear, y es ahí cuando, tal vez, decida llamar a la compañía que reparte la correpondencia para que el cartero preste más atención. Si no da resultado, tal vez, decida apostarse en la puerta hasta encontrar el responsable del error y pedirle que lo corrija. Pero qué actitud debe tomarse si el repartidor de cartas le responde: «Qué problema hay, es una cuadra nada más». La desfachatez tiene sus límites, y 1347 no es 1437.