La inequidad social, la violencia, el desamparo, muchas de estas situaciones se viven cotidianamente en distintos ámbitos de la sociedad cipoleña, al igual que en el resto del país.
Y el tiempo que pasan en la escuela es, en esos casos, un refugio en el que los chicos se abstraen de los distintos conflictos que deberán afrontar una vez que vuelvan a atravesar las puertas de la escuela, pero esta vez para volver a sus hogares.
“Hay mucha violencia y problemas sociales, pero son chicos muy buenos y afectivos", dijo, sin ocultar su congoja, la docente Gladys Rivas.
La secretaria escolar del establecimiento rural explicó que por esos desafíos y satisfacciones "nos encanta realizar este trabajo y no lo cambiaremos por nada en el mundo”.
Los niños y niñas se reúnen en el salón principal de la escuela. Entre risas tímidas y miradas cómplices todos esperan las anunciadas hamburguesas que hoy degustarán. La cocina, a pesar de su escaso tamaño, es el centro de operaciones en un horario cúlmine en la vida de la Escuela Rural Nº 50 de Cipolletti.
El ansiado plato llega y poco dura ante las feroces fauces de los niños. Repiten, algunos no. Los encargados de acercar el alimento a las mesas sonríen ante cada ocurrencia de los jóvenes, sin perder nunca el equilibrio, algo fundamental para su ocasional labor.
De a poco comienzan a finalizar y algunos, los más inquietos, se levantan de la mesa dejando sus platos relucientes, para emprender nuevamente una lúdica aventura.
Las actividades en la escuela vuelven a centrarse en las aulas. Los alumnos de los grados superiores son, ahora, quienes llegarán al salón principal para realizar el mismo ritual, el cual no pueden llevar a cabo todos juntos, por la falta de espacio.