En su institución hay fotos antiguas de la vetusta construcción y también de su propietario, don Juan Bautista Arévalo, cuyo apellido da nombre al barrio en que se encuentra el
almacén.
No conforme con haber observado los trabajos en el inmueble, el funcionario conversó en el lugar con una integrante de la familia Arévalo, quien le dijo que se estaba sacando parte del techo que estaba en muy mal estado.
Pero, además, le expresó que en no mucho tiempo más "será tirado abajo prácticamente todo" para darle al sector otro destino. Lamentablemente, El Tropezón nunca fue declarado
monumento histórico de la ciudad ni recibió atención pública por ninguna gestión de la comuna.
Muñoz, que en el museo cuenta con un área histórica de Cipolletti, expresó que en el antiguo comercio se abastecían los pobladores de una amplia zona de Río Negro y Neuquén, por entonces territorios nacionales. Los carreros llevaban cueros, charqui, leña y otros productos y los canjeaban por azúcar, yerba mate, harina y algunos vicios, como bebidas alcohólicas para ayudar al alma y combatir la soledad.
El propio Bairoletto se solía hacer una escapada al lugar, en el curso de su vida aventurera, perseguido por una ley que entonces, como ahora, no era muy justa.
Los dueños del local también tenían un carro tirado por caballos que participó haciendo suministros durante la construcción del dique Ingeniero Ballester.
Muñoz, un luchador contra las fuerzas del olvido, no ocultó su pena por el destino de una huella más del pasado que se perderá.