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El profe de masajes que da una enorme lección de vida

Rubén, que perdió la vista a los 22 años, es uno de los talleristas de los APE.

Analía Castro

castroa@lmneuquen.com.ar

Los talleres de Aprender para Emprender organizados por la dirección de Asuntos Vecinales incorporaron el aprendizaje de masoterapia como una opción de salida laboral pero en clave inclusiva. Es que, además de estar encabezados por una especialista en masajes y discapacidad, las prácticas están a cargo de un instructor no vidente.

Los destinos de Maite Valdebenito y Rubén Quijada se cruzaron hace tres años en la Asociación Patagónica de Masajistas. Ella daba clases y él llegó junto con otros ocho “bastones blancos” a partir de un aviso de Canal 7 que promocionaba la actividad destinada a personas ciegas. Ese fue el puntapié de una amistad que derivó en una historia de amor y en un proyecto que, tras años de golpear puertas, salió al ruedo la semana pasada en el centro comunitario del barrio Luis Piedrabuena, ubicado entre Pastor Bowdler y Río de la Plata.

“Veníamos presentando nuestro proyecto en el Municipio hace tres años, pero nos decían que era muy caro. En realidad, no había disponibilidad para hacerlo. Siempre apuntábamos a personas con discapacidad. Yo conozco muchas técnicas de masajes, hace 12 años que hago esto”, contó Maite. “Tenía muchas ganas de enseñar a mis bastones blancos de Cipolletti, pero uno necesita el apoyo personal y político. Hay muchos chicos ciegos y en sillas de ruedas que están encerrados”, acotó Rubén sobre los motivos que lo impulsaron a insistir en la iniciativa.

Originariamente, el taller estuvo pensado para personas con discapacidad pero terminó siendo una propuesta abierta a todo público. Según precisó Maite, concurren desde personas mayores hasta acompañantes terapéuticos, pasando por profesores de gimnasia, personas que acomodan huesos pero que no son masajistas, chicos jóvenes y alguna mamá que quiere mejorar los cuidados para su hijo con síndrome de Asperger.

“La verdad es que es bastante amplio. Tenemos 82 personas anotadas y tuvimos que dividir cursos para tratar de hacer grupos más chicos, porque contamos con tres camillas nada más, y también para adaptarnos a los horarios de la gente”, señaló la instructora, sorprendida por la demanda.

Con el foco puesto en ofrecer herramientas para una salida laboral, los motores del emprendimiento lograron extender la duración del taller de cuatro meses a un año. Aclararon a su vez que aunque la propuesta sea gratuita y municipal, está encarada con profesionalismo y respeto. “Apuntamos a la salud y al trabajo consciente”, remarcó Maite. A modo de ejemplo, comentó que enseñan a tomar la presión y a llenar una ficha para conocer si existen dolencias o lesiones en quienes se entregan al masaje.

“La persona que se acuesta en la camilla no es un grupo de músculos con los que trabajar. Debajo de esos músculos hay una persona con emociones, con sentimientos, con dolor. Nuestro trabajo es un trabajo de servicio”, recalcó.

Por su parte, su compañero hizo hincapié en la higiene y la asepsia con que se realiza la labor. “Sin uñas pintadas, anillos ni pulseras”, fueron algunos de los requerimientos enumerados por el instructor.

Le cambió la vida

La vida de Rubén estuvo signada por el antes y el después de un accidente y, tiempo más tarde, por el punto de inflexión que implicó conocer a Maite en un curso de masajes. Nacido en Cutral Co pero cipoleño por crianza y adopción, Rubén perdió la vista a los 22 años, luego de caer desde 7 metros mientras trabajaba en el edificio de la Iglesia del Colegio Don Bosco de Zapala.

“Estuve cuatro meses en terapia intensiva hasta que desperté. Era como una planta, no reaccionaba. Perdí un poco la memoria y hablar me costó mucho. Yo no quería salir porque la gente decía ‘pobrecito, qué le pasó’”, relató poniendo el acento en el decisivo acompañamiento de su familia.

Luego, llegó el curso en la Asociación Patagónica de Masajistas donde la “linda voz” de Maite fue la llave de una nueva etapa marcada por una relación entrañable, una vocación y un proyecto en común. “Esta es una profesión muy difícil pero es lo más lindo que hay, porque entrás en confianza con la gente. Soy una especie de psicólogo”, celebró Rubén, al tiempo que agradeció a todas las mujeres que sortearon los prejuicios y confiaron en sus manos.

“Tenía ganas de enseñar a mis bastones blancos, pero uno necesita el apoyo personal y político. Hay muchos chicos ciegos y en sillas de ruedas que están encerrados”. Rubén Quijada. Instructor de masoterapia

Un reclamo en busca de igualdad

Rubén hizo hincapié en la necesidad de políticas públicas que ofrezcan posibilidades a las personas con discapacidad así como mejores condiciones para el desplazamiento en la ciudad. En ese sentido, destacó la necesidad de rampas y colectivos adaptados para personas con movilidad reducida y reclamó una mayor cobertura de sillas de ruedas y bastones por parte del gobierno provincial.

Una clase para que sientan como él

Rubén Quijada asegura que el curso de masoterapia le cambió la vida. Se convirtió en instructor y consiguió así una salida laboral sólida, algo difícil de obtener para las personas con discapacidades. Sin embargo, mucho antes que eso, le devolvió las ganas de salir de su casa. Por eso quería dictar un curso para otros no videntes, o sus “bastones blancos”, como denomina cariñosamente a aquellos que, como él, se ayudan del bastón para caminar por la ciudad.

El objetivo era devolver las mismas sensaciones que él sintió con el curso, pero como la capacitación es para todo público, él y su compañera Maite decidieron invertir la experiencia y tratarán de hacerles sentir a sus alumnos la cotidianidad de un no vidente como su maestro masajista. “En la clase de mañana, todos los estudiantes van a trabajar con los ojos vendados para que entiendan cómo fue el aprendizaje de Rubén”, contó Maite, al tiempo que su coequiper sumó: “Esta fue una oportunidad espectacular que tengo para enseñarle a la gente lo que es el discapacitado”.