Pablo Montanaro
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En la sombra de un peral, un pibe llamado Osvaldo Soriano, al que los amigos del barrio apodan el Gordo y que sueña con ser jugador de fútbol, se imagina un partido entre el club de sus amores, San Lorenzo de Almagro, y ese equipo con camiseta albinegra llamado Cipolletti cuya cancha queda a escasos metros de su casa de Mengelle y Alem.
En esa tranquilidad pueblerina, da rienda suelta a su imaginación: se ve jugando ese partido, vistiendo en cada tiempo las dos camisetas con el 9 en la espalda, teniendo un mano a mano con el arquero y gritando el gol contra el viento del sur que le pega en la cara.
Ese partido imaginado por aquel chico que asiste a la Escuela 33 con una bufanda con los colores azul y rojo, y que años después se convertiría en uno de los mejores narradores argentinos, ahora se hará realidad. Cipolletti y San Lorenzo se cruzarán por los 32avos de final de la Copa Argentina, el certamen más federal del país, en fecha y estadio a confirmar.
Soriano nació en Mar del Plata en enero de 1943 y murió en Buenos Aires en 1997 a los 54 años. Llegó a Cipolletti cuando tenía 10 años ya que su padre, empleado de Obras Sanitarias de la Nación, fue trasladado a esta ciudad. Pero antes ya habían emigrado a San Luis, Río Cuarto y Tandil. En Cipolletti, su padre, José Vicente, fue jefe de distrito de Obras Sanitarias. Los Soriano ocuparon el chalet ubicado en la esquina de Mengelle y Alem, donde actualmente funcionan las oficinas de Aguas Rionegrinas. Para los ojos de Osvaldo, Cipolletti se presentaba como “un verdadero Far West”, con calles de tierra, diarios que llegaban con varios días de retraso y con tres únicos entretenimientos: cine, carreras de motos y fútbol.
En una de las paredes de su pieza había pegado la foto de su ídolo José “el Nene” Sanfilippo, y aquella delantera del San Lorenzo de 1959 que completaban Facundo, Ruiz, Higinio García y Boggio.
Se convirtió en hincha del Ciclón quizás para llevarle la contra a su padre, simpatizante de River. Una vez contó que empezó a querer al equipo de Boedo sin haberlo visto, y comparó esa unión “como esos pretendientes que sólo conocen una fotografía y juran amor eterno”.
Aseguró que nunca pensó en otra camiseta que no fuera la azulgrana. Consideraba que ser hincha de San Lorenzo era “un interminable salto, una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino”.
Ya como escritor consagrado, afirmó que en su juventud se ganó sus primeros pesos como centrodelantero en la Liga del Alto Valle y se definía como “un delantero torpe, capaz de agujerear la red o de matar a un perro” con sus potentes remates. Una lesión en una rodilla (dicen que jugaba siempre con una muslera) le impidió seguir jugando pero no le imposibilitó ser un futbolero de alma. Sus sueños de goleador se fueron desvaneciendo con el paso de los años y con la llegada de los libros Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, entre otros.
“Soy de todos lados pero más de Cipolletti”, afirman sus amigos de adolescencia que le escucharon decir antes de despedirse y emprender viaje hacia Tandil, porque lo que vivió en esta ciudad se convirtió en fuente inagotable y escenario de sus mejores relatos.
Cipo-San Lorenzo, un partido que merecería ser contado por su pluma, sería una historia memorable en su inventiva literaria futbolera.
Breve radiografía del pibe futbolero
A metros de La Visera
Osvaldo Soriano llegó a Cipolletti en 1953 junto a sus padres. La familia vivió en la esquina de Mengelle y Alem, vivienda por entonces propiedad de Obras Sanitarias de la Nación.
Fanático del Cuervo
Su simpatía por San Lorenzo empezó de chico, sin haberlo visto jugar. Sólo conocía al equipo de sus amores a través de los relatos radiales.
El Nene, su máximo ídolo
En la habitación de su casa de Cipolletti, Osvaldo Soriano tenía el póster de José “el Nene” Sanfilippo, el máximo goleador histórico del Ciclón.