De acuerdo con lo que logre recolectar, elabora más o menos alimentos. Todo depende de la generosidad colectiva.
El panadero Nelson Molina ha implementado una novedosa forma de hacer solidaridad con los más humildes y la ha denominado “El pan presente”. Basada en la ya conocida experiencia del “café pendiente” que se deja pagado para que cualquiera se lo tome, la iniciativa tiene un contenido social más profundo, ya que busca dar una mano en la alimentación diaria de muchas familias.
La alternativa, en apariencia sencilla, resulta ser muy ingeniosa y cargada de posibilidades. Confluyen en ella el aporte económico de empresarios, comerciantes y trabajadores, el empuje cotidiano del propio panificador y la capacidad y persistencia que ponen distintos referentes barriales para las tareas de distribución.
El resultado es digno de resaltar. Los fondos recaudados se destinan a producir justo la cantidad de kilos de pan que se puedan elaborar con ellos, y todo el alimento así disponible se lleva luego directamente a cada uno de los hogares beneficiados.
El panadero, con su labor extra, gana más pero está en su empeño organizativo, en su constancia y en su búsqueda de más personas dispuestas a contribuir la posibilidad de que la propuesta se mantenga y se intensifique y que muchas más familias tengan algo que comer todos los días. Además, él mismo se encarga de controlar que la mercadería llegue a destino, llevando rigurosos registros de cada kilo que sale de su negocio.
Toda la información está disponible para que la consulte cada uno de los aportantes. Los referentes barriales que hacen la entrega se pusieron a disposición por consultas y sugerencias que concretó ante la Municipalidad. Nada de lo que hizo fue al azar, cada paso lo meditó con la anticipación debida. Los pobres de esta tierra merecen lo mejor. El pan que se les reparte tiene las mismas características del que vende en forma habitual.
Elaboración
El local de Molina está ubicado en Manuel Estrada 683. Lo abrió el 10 de marzo pasado, después de dedicarse con su familia, durante varios años, a la elaboración casera y artesanal de diferentes delicias derivadas de la harina, especialidades en las que fue conquistando fama entre parientes y amigos. Llegó el momento en que los pedidos se hicieron muchos y la decisión de dedicarse a la panificación en forma comercial fue decantando cada vez con mayor fuerza.
Hoy, en el emprendimiento, sigue trabajando con su esposa y su hijo pero ya está pensando en la contratación de mano de obra. Por fortuna, y más allá del efecto añadido que le ha a reportado su pasión solidaria, su actividad está en plena expansión y en ello, seguramente, mucho tendrá que ver la calidad, que sigue siendo la de siempre.
Para Molina, tender una mano a quienes no tienen nada se ha convertido en un deber. Habiendo vivido situaciones muy intensas y aleccionadoras durante su vida, el encuentro con la palabra y la acción de Jesucristo, como le gusta recordar, lo llevó a dar un golpe de timón y a mirar todo de otro modo. Lejos quedó un pasado cargado de disonancias, en su presente no hay un día en que no agradezca a Dios. Entre cuyos mandatos, cabe decir, figura el de la solidaridad. Quizá por eso el panadero sueña ahora con que su iniciativa se multiplique y se repita en verdulerías y comercios que venden lácteos. Para que una comida integral, sobre todo para los niños, no falte nunca.