Habitualmente mucha gente se acerca hasta allí para presenciar las maniobras que efectúan las embarcaciones, algunas de ellas riesgosas.
Pero gran cantidad de público se observa cada vez que el día no es ideal para disfrutar la playa. Eso sucedió ayer, con el sol oculto bajo las nubes.
Los mejores momentos son cuando se produce la pleamar, y los buques ingresan a puerto con sus bodegas cargadas con merluza o langostinos, las dos especies que más se captura.
Comúnmente los barcos atracan acompañados por lobos marinos, que esperan que les arrojen alguna pieza o desperdicio. Niños y grandes se deslumbrarán con las piruetas que acostumbran realizar los animales en busca de una presa.
Una vez hecho el amarre descenderán los marineros con signos de haber hecho un trabajo rudo. Uno a uno bajarán por las estrechas escalinatas. Luego los estibadores seguirán con las maniobras de descarga de lo que hayan pescado, en cajones de plástico repletos de hielo molido que retirará una grúa para dejarlos en un camión que los llevará luego a las plantas de procesamiento de esa localidad.
Para el visitante es un verdadero espectáculo, que también puede tornarse peligroso, ya que los bultos son pesados y se manejan con grúas a una gran altura. Por eso los efectivos de Prefectura se encargan de alejar a los espectadores, pues se aproximan con la intención de tomarse fotografías o simplemente saciar su curiosidad.
En bajamar también es singular el recorrido, pues el agua se retira por completo y las embarcaciones quedan apoyadas en seco, sobre las banquinas del muelle. Entonces se puede apreciar la magnitud de los casos, y hasta dónde se sumergen al navegar.
Sin explotación turística
Una queja que se repite es la ausencia de visitas guiadas en las que expliquen cómo se desarrolla la actividad pesquera en este lugar.
La gente pregunta a los integrantes de Prefectura y a los propios marineros, quienes suelen responder y brindar explicaciones cuando la tarea se los permite. Comúnmente se retiran con las mismas incógnitas.