Donald Trump embistió a la política global como si se tratara de un ferrocarril. Contra todos los pronósticos se convirtió en el próximo presidente de los Estados Unidos y asumirá el próximo 20 de enero bajo el lema del cambio, del fin de una era.
Su victoria fue sorpresiva. Como en el Brexit, o en el referendum por el acuerdo de paz en Colombia, las encuestas no supieron registrar el fenómeno del voto oculto o vergonzante, el del ciudadano que decía que iba a elegir la opción “políticamente correcta”, pero finalmente en el cuarto oscuro votaba otra cosa.
El pasado 8 de noviembre, una vez consumada su victoria, los medios alrededor del mundo intentaron averiguar por qué el magnate se hará cargo del sillón presidencial de la Casa Blanca.
La mayoría de los analistas coincidió en que Trump logró sintonizar con el malestar de las clases medias industriales, rurales, sin estudios universitarios de ciudades pequeñas de la "América profunda" que está frustrada porque hace años y años que no puede progresar.
Se trata de hombres y mujeres que se quedaron sin trabajo porque las fábricas se van a otros países con costos más bajos o porque su tarea fue remplazada por la de una máquina. Esa gente, si consiguió un nuevo empleo, gana la mitad. Crecen las deudas, los problemas con las drogas, el malestar.
Trump logró convencerlos en sus intervenciones de campaña de que los inmigrantes son enemigos, son el “otro” que invade su trabajo y su identidad estadounidense.
Con un mensaje sencillo y populista, encarnó el malestar de la clase media y ahora gobernará pese a quien le pese.
Estados Unidos y el mundo está ante un personaje impredecible, que se atreve a decir y hacer cualquier cosa, pero que es el fruto de la frustración y el malestar engendrado en la América profunda que los demócratas no supieron detectar a tiempo.