ver más

Una fotografía rescatada del olvido revela cómo el tesón dirigencial dio sede a una histórica institución de la ciudad

Una subasta de tierras, el sueño de un club y el gesto que permitió que el Club San Martín tenga su sede en el corazón de Cipolletti.

Hay fotografías que no funcionan como meros recuerdos visuales, sino como enigmas que exigen ser descifrados. Al contemplar una antigua toma guardada en los archivos de la ciudad, los ojos se detienen inevitablemente en una serie de rostros serios, hombres vestidos con la pulcritud formal de mediados del siglo XX. Posan ante la lente con la dignidad propia de una época en la que la palabra empeñada constituía el único contrato verdadero. Entre ellos sobresale la figura de Manuel Adolfo Rosales.

A simple vista, nada en la imagen revela la magnitud del drama ni la osadía de la apuesta política e institucional que esos hombres llevaban sobre sus espaldas. Sin embargo, detrás de ese encuadre estático en blanco y negro late la historia de una mañana de otoño en la que un grupo de dirigentes decidió arriesgar su propio patrimonio para que el Club San Martín dejara de ser un nómada de la ciudad y construyera, por fin, una pertenencia definitiva.

Para comprender la dimensión de lo sucedido en el otoño de 1956, es imprescindible desandar el mapa urbano de Cipolletti y regresar a un tiempo en el que la fisonomía de la localidad se interrumpía bruscamente. En aquella época, lo que actualmente se despliega como el barrio Don Bosco era solo un margen borroso, un confín donde terminaba la traza urbana y comenzaba el campo abierto.

El origen de las tierras y el remate histórico

Los vecinos más antiguos se referían a esa zona simplemente como "el campo de Kossman". El paisaje estaba dominado por la rutina de un tambo cercano, el andar pausado de las vacas sobre la tierra seca, unas pocas casas bajas desperdigadas y, hacia el noreste, la silueta inconfundible de las cúpulas del cementerio recortándose contra el cielo de la Patagonia. Era un territorio en el que nada anunciaba todavía la llegada del asfalto ni de las veredas.

Fue precisamente allí donde, en 1956, se instaló un palco improvisado y comenzaron a resonar los altavoces de la inmobiliaria Mercau. El martillero Mario Manara encabezaba la subasta pública de varias hectáreas pertenecientes a la familia González Larrosa. Entre los presentes, se encontraba la comitiva de dirigentes del Club San Martín.

Fundado en 1940, el Club San Martín acumulaba para entonces casi dos décadas de existencia, pero padecía una carencia estructural: no tenía un terreno propio. Durante dieciséis años, la institución había peregrinado por diversos potreros, espacios prestados y predios alquilados de Cipolletti.

Una apuesta en medio de la incertidumbre

La subasta de las tierras de González Larrosa representaba la oportunidad histórica que venían buscando desde su fundación, aunque las condiciones distaban de ser ideales. El predio estaba lejos del centro administrativo, la accesibilidad era compleja y la tesorería de la entidad permanecía vacía. Incluso en el seno de la propia comisión directiva surgieron voces de dudas: ¿Qué sentido tenía gastar recursos en comprar hectáreas en un lugar donde no había nada?

Pese a las resistencias, la convicción fue absoluta. Cuando el martillero bajó el martillo, San Martín se adjudicó algo menos de tres hectáreas por una oferta total de 90 mil pesos. Sin embargo, la alegría duró apenas un instante: para ratificar la operación era indispensable entregar en el acto una seña del diez por ciento, equivalente a 9 mil pesos.

El gesto decisivo de Manuel Adolfo Rosales

Las arcas del club no tenían un solo peso. Fue en ese punto de quiebre donde la figura de Manuel Adolfo Rosales transformó la gestión en un acto de entrega personal. Nacido el 31 de enero de 1911 en Bahía Blanca, Rosales había llegado al Alto Valle como viajante de comercio, afincándose en Cipolletti en 1951.

Aquella mañana de 1956, ante la inminencia de perder las tierras por falta de efectivo, Rosales utilizó fondos correspondientes a las cobranzas de la empresa para la que trabajaba, asumiendo un enorme riesgo personal y profesional para saldar la seña de 9 mil pesos a nombre del club.

Junto a él, nombres como Pedro Pierantoni, Aurelio José Martín, Néstor Varela, Cervi, Héctor Ernesto Díaz, Héctor Demetrio Suárez, Juan Davorachut, los hermanos Albornóz y el doctor Julio Dante Salto conformaron la trama humana que sostuvo la institución. Fue el propio Rosales quien impulsó el color celeste para la camiseta oficial, inspirado en el combinado de su ciudad natal.

Con el correr de las décadas, la expansión demográfica de Cipolletti rodeó el antiguo campo. El terreno rústico fue absorbido por la trama urbana hasta transformarse en el corazón del barrio Don Bosco, consolidando al Club San Martín como un faro de contención social y deportiva. Rosales falleció en enero de 1994, dejando un legado imborrable en la historia local.