Conocido popularmente como El Bagual Rionegrino, es una de las atracciones a la vera del camino. Chulenguito, guitarra y una linda charla con LM Cipolletti.
Mientras los chorizos y panes caseros marchan a fuego lento en el chulenguito, él desenfunda la guitarra criolla y sentado en una pequeña reposera da rienda suelta a su pasión para entonar una armoniosa zamba.
Llega un hombre que se detuvo con su vehículo en la banquina en busca de su sabroso almuerzo y le dedica una milonguita. “Es el combo, un chori, una canción de regalo”, le informa este simpático personaje que es Santiago Cid.
Conocido artísticamente como El Bagual Rionegrino, el gaucho devenido en choripanero se las rebusca con su humilde puesto gastronómico a la vera de la ruta 65 en Fernández Oro, en el predio lindero al Ferrocarril y a metros del nuevo Hospital.
“Haciéndome unos pesos en el carro choripanero en mi pueblo. Siempre me he defendido así, rotando con la música, no me gusta ser peón, que me manden...”, explica su filosofía de vida en el nublado mediodía del viernes.
“El combo es un choripán y un tema, puede ser una zampa, una milonga. Pasa la gente y le llama la atención la guitarra, les aclaro por las dudas que no la vendo”, amplía con una sonrisa.
El cliente del que dimos cuenta le pide “más chimi” y él continúa su relato. “Les toco temas míos, relacionadas a mi pueblo, a la tierra de la manzana, a Río Negro. Hay gente que pide canciones populares de otros autores y a todos trato de dejar conforme”, comenta.
“Vienen 3 ó 4 chicos fanáticos de la música y del folclore. Hace poco empecé acá en ruta 65, antes estaba en la Feria. Estuve presente en aniversario del pueblo, en otros lados…”, aclara sobre su nueva ubicación.
“El chori con pan casero, mayonesa y ají sale 10 mil pesos. Gracias a Dios estamos vendiendo pero si podemos incrementar las ventas sería mejor aún”, expresa su deseo.
El Bagual rionegrino supo contarnos su atrapante y emotiva historia. Desarraigo en esa infancia que tanto disfrutó y añora en una chacra de Villa Azul, una desgracia familiar a la que sobrepuso para criar en soledad a su hijo, la pasión por la guitarra, la tradición, el campo y los caballos.
Luchador incansable, llegó a ganarse la vida con dos trabajos nocturnos en simultáneo para que su pibe pudiera estudiar y recibirse. “Trabajaba en el taxi y con la música. Hasta que me hice la fama, me llamaban una hora de los restaurantes. Me bajaba del taxi y me ponía a cantar milongas. Y seguía viaje… Por suerte así mi hijo se recibió de tornero industrial. No fue fácil pero se logró”, celebra quien nació hace 58 años en Cipolletti pero pasó la mayor parte de su vida en Fernández Oro, donde vive en zona rural.
Ese espíritu guerrero lo incorporó de chico. “Estuve en una estancia en La Calandria, en Valle Azul, el propietario era Pasarino. Fue media sufrida la infancia porque no había comodidades, mi papá del que yo era muy apegado trabajaba de peón y éramos 8 hermanos. Pero me quedo con lo positivo, allí conocí al gaucho argentino, al paisano… Me acuerdo estar mateando en fogón y ver como agarraban la guitarra e improvisaban. Me tocaba cebar mate con mucho cariño a la gente mayor, hacer torta fritas…”, recuerda con tono campechano aquellos años felices pese a que no sobraba nada.
“Siempre doy gracias a Dios, conocí al gaucho verdadero, el del honor, la palabra, el respeto. Me crié entre peones, compañeros de trabajo. Me la pasaba haciendo mandados a caballo, iba al pueblo, de Valle a Regina hay un trecho largo. Salía a las 7 de la mañana y se cruzaba en la balsa de don Gómez, al que luego mi papá Pascual le mandaba chorizos secos en agradecimiento. Y Gómez le devolvía el gesto con una botella de caña, ginebra. Esos regalos se hacían siempre entre los paisanos. El tema es que tardaba toda la mañana en hacer los mandados, pero me entretenía, iba cazando en las lagunas, con los patos…”, rememora con mucha nostalgia.
Así, por influencia de su entorno, se despertaron sus dos pasiones. “De chiquito me llamó la atención como hacían sonar la guitarra. Siempre tuve amor y cariño por las costumbres, la cultura. Tanto que de grande me costó en los trabajos convencionales no poder utilizar la vestimenta que amo (también fue chofer de colectivos). Me costaba mucho, lo hacía por necesidad pero cuando podía me liberaba. Luego me vine a las chacras a trabajar, si bien era poca la paga, era lo mío”.
Su papá era especialista en “amansar caballos salvajes” y en honor a él, Sureño, el último pingo que tuvo el hombre que falleció hace 6 años fue “enterrado al lado de casa”.
Ya después sí llegó la época de lucirse en las peñas, de cumplir el sueño de subirse a los escenarios como “cantor sureño de Milonga, soy el Bagual Rionegrino y siempre estoy cantándole a nuestro lugar, nuestros paisanos, mujeres con mi repertorio de unas 30 canciones que compongo yo mismo”, destaca con orgullo.
Fue acaso el golpe más duro que sufrió: la pérdida de su señora. “Se llamaba Susana, nos conocimos en Neuquén y vivimos 10 años allá. Me dio la posibilidad de ser padre. Lamentablemente se enfermó y falleció. Mi hijo le prometió que iba a estudiar y lo consiguió”, revela en el pasaje más triste de la charla.
Luego conoció a Alejandra, otra “gran compañaera”. Santiago Cid, el gaucho cantor, se despide improvisando a pedido de LM Cipolletti. El Bagual rionegrino, un personaje que la remó a pura pasión y reivindicando siempre las raíces y al querido Valle. Y que ahora se gana el mango con los chori. Un aplauso para el gaucho asador .