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Médicos de la gente: Alejo Julio Aüada y Lucía Cortegoso

La vida de ambos médicos estuvo dedicada a curar y acompañar a sus pacientes. El centro de salud de Cordero, que se está construyendo, llevará el nombre de Alejo Aüada.

Las historias asentadas en el valle rionegrino se multiplican debido a los testimonios que encontramos de la labor desarrollada en estas tierras. La magia de la historia oral continúa asombrándonos, gran trabajo de mujeres y hombres que lo dieron todo.

El doctor Alejo Julio Aüada, hijo de Khalil Aüada y Munira Hasam Aüada; oriundos del pueblo de Al-Khiam dentro de la gobernación de Nabatiye, República del Líbano. Su padre era el mayor de ocho hermanos y el único que emigró, siendo muy joven, a la Argentina en 1910.

En ese momento, el Líbano estaba bajo el Régimen del Imperio Otomano, y el Emperador se había sentido interesado por Munira, la esposa de Khalil, que tenía una belleza única. Ante la negativa de Munira de irse con el Emperador por su amor hacía Khalil, este juró mandar a matar a Khalil con sus súbditos para quedarse con Munira. Khalil quiso enfrentarlo, pero como seguramente iba a ser asesinado por los súbditos del Emperador, su esposa Munira, después de mucho insistirle, logró convencerlo de que emigrara para salvarse.

Al llegar a la Argentina trabajó la zafra en Tucumán, y posteriormente en Mendoza en donde se estableció por unos años y abrió un “Almacén de Ramos Generales". Durante todos esos años nunca dejó de enviarle dinero a sus padres Ibrahin y Najme, y a su esposa Munira, quien viajó a la Argentina en 1920, después de que su esposo reuniera el dinero durante diez años, en un viaje en barco, acompañada por un hermano. El viaje duró aproximadamente un mes y solo se alimentaron a pan, queso, aceitunas y agua según recuerdan sus nietos.

El primer hijo de Khalil y Munira nació en 1924 en Mendoza (en esa Provincia permitían nombres extranjeros), bajo el nombre de Ibrahim. En 1926 se mudaron a Capital Federal, al barrio de Villa Luro. La familia vivía en Donizetti al 400 (y Zelada) donde instalaron un nuevo almacén y allí nacieron sus otros tres hijos: Alí (inscripto como Alejo en 1927, porque en ese tiempo en Capital Federal no se admitían nombres extranjeros), Amine (inscripta como Amalia, 1928) y Hussein (inscripto como José en 1931). Hubo otro hijo, el segundo que también se llamó Alejo, pero falleció poco después de nacer y por eso Alejo, después, llevó su nombre. Khalil era el hombre de confianza en el barrio que vivía en Villa Luro. Muchas veces hacía de mediador en desavenencias conyugales de distintos matrimonios del barrio.

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Muchos árabes pertenecientes a la Colectividad Árabe y que habían emigrado a la Argentina para “hacer la América”, realizaban ayudas económicas entre sus miembros porque en aquella época no eran muy comunes los bancos. En 1930, Khalil junto con otros inmigrantes árabes que vivían en barrios circundantes crearon “La Alianza Árabe” lugar en el que se realizaban actividades culturales y funcionaba como una escuela de idioma árabe.

Khalil fue una pieza importante para la creación del Centro Islámico de Buenos Aires y del Cementerio Islámico (donde yacen él y Munira), que finalmente fue instalado en San Justo, Provincia de Buenos Aires en la década de 1960. El doctor Alejo trabajó desde muy pequeño al igual que sus hermanos en el Almacén de sus padres caminando largos trayectos para repartir los pesados pedidos de mercadería que le hacían los vecinos al Almacén de Khalil.

Al terminar el Servicio Militar después de una charla con su padre en la que le dijo que quería ser actor (era un gran imitador, tenía hermosa voz y un gran gusto por el canto, sobre todo el tango), también le preguntó a su padre qué le gustaría que el estudiara, y Khalil le contestó: lo que te haga feliz. Y ante la re pregunta de Alejo, su padre le contestó, no sé. Médico.

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Posiblemente ahí Alejo se planteó la posibilidad de serlo. Cursó toda su carrera haciendo todo tipo de trabajos, incluso barriendo a diario toda una fábrica que abarcaba una manzana entera, y lo hizo sin descuidar sus estudios. También, por su espíritu solidario cuando era estudiante le aplicaba inyecciones gratuitamente a cualquiera de sus vecinos del barrio. En esos años su padre Khalil contrajo un cáncer de próstata por el que falleció a los 66 años. Estudiando Medicina, Alejo conoció a su esposa, Lucía Mercedes Cortegoso, quien fue la que lo impulsó a rendir las últimas materias para recibirse.

Lucía y Alejo realizaron la Carrera de Medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Hicieron juntos las Prácticas en el Hospital Alvear, lugar en el que Lucía fue la única mujer Jefa de Practicantes (lo que hoy se le llama Médico Residente). Además, Lucía fue la primera Pediatra de la Ciudad de Cinco Saltos.

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Doctora Lucía Cortegoso

Lucía, nació en La Matanza, era la menor de tres hermanos e hija de Mercedes Becerra y Rogelio Cortegoso, quien vino de Polizón en un Barco (El Capolonio), en la época del gobierno de Franco, desde La Coruña ( La Villa de CEE) España, y al ser descubierto tuvo que negociar por su vida, sino sería tirado a los tiburones, y negociando logró que le permitieran venir pelando papas en la bodega del barco, sin ver la luz del sol hasta llegar a Buenos Aires Rogelio se radicó en Argentina, y trabajó durante 45 años en Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (Segba) hasta jubilarse. En una tarde de lluvia conoció a la que después sería su esposa y madre de sus hijos, Mercedes Becerra, al ofrecerle guarecerse bajo el paraguas de él. Mercedes era descendiente de pobladores originarios de nuestro país y había viajado de Córdoba a Buenos Aires para trabajar de empleada doméstica.

Mercedes lamentablemente murió joven, a los 51 años por un ACV, y sin llegar a ver a Lucía recibida de Médica, algo que no era para nada común en una mujer en esa época.

La vida de ambos médicos estuvo dedicada a curar y acompañar a sus pacientes. En el sentido relato de su hijo Ricardo queda totalmente claro como testimonio de sus padres médicos de un pequeño poblado como lo era Cinco Saltos. Tan importante fue su labor que hace algunos años se le dio el nombre de Alejo Aüada a la calle en la que se encuentra la Sala y se colocó una Placa con su nombre en la Plaza que está enfrente de esta. En Cinco Saltos también se le impuso el nombre de Alejo a la continuación de la calle San Martín.

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Recientemente el Gobierno Municipal de Contralmirante Cordero y Barda del Medio, determinó que el futuro CAPS que se está construyendo, lleve el nombre de Alejo Aüada.

Relataba su hijo “Desde que llegó no dejó de trabajar. Sus primeros pasos fueron en Salud Pública, iba caminando de Cinco Saltos a Contralmirante Cordero, Barda del Medio, a Parajes, CAPS, haciendo domicilios, etcétera.

Siempre llevaba su maletín que lo acompañaba cuando se iba caminando hasta la Salita, a atender pacientes de Cordero y Barda del Medio. Cuando terminaba de atender en las mencionadas localidades volvía a caminar hasta el Puente de Barda del Medio, donde lo esperaban los Solidarios Bomberos para cruzarlo en un bote precario por el “Desviador”, sin salvavidas ni elementos de seguridad por la época, y teniendo en cuenta que el nunca aprendió a nadar porque trabajó y estudió durante toda su vida. Una vez que lo cruzaban los Bomberos Voluntarios continuaba caminando hasta Villa Manzano para seguir atendiendo en esa localidad.

También ejerció en el Hospital de Cinco Saltos, porque siempre su fuerte fue la Medicina Social, la cual realizó incluso en su consultorio que tuvo siempre en su vivienda, y por eso lo consultaban a cualquier hora (a veces a las 3 de la mañana), ubicada en un principio en 25 de Mayo 453, y tiempo después en la misma calle pero a una cuadra, al 354 de Cinco Saltos. Aquel que no podía pagarle era igualmente atendido, y también les entregaba los remedios que necesitaban, incluso se encargaba de llamarle y abonarle un Taxi a aquel paciente humilde que no podía pagarlo y no lo veía en buenas condiciones, por lo cual lo había derivado a internarse, o quería que llegara rápido y seguro a hacer reposo a su casa, pero el paciente no tenía movilidad propia. Al finalizar el consultorio salía a hacer visitas a domicilios y siempre llegaba contento y de buen ánimo.

También iba a los distintos sanatorios en los que atendía, y donde tenía a sus pacientes internados y llevaba comida y bebidas para compartir con sus compañeros de trabajo (Enfermeras, Camilleros, Médicos, Personal Administrativo o de Mantenimiento, etcétera). No le importaba la hora, o si quedaba lejos el domicilio del paciente (recorrió todos los Barrios). Él siempre iba a todos lados, chacras, domicilios, parajes, Barrios, ciudades aledañas, etcétera. También la gente se organizaba y venían temprano de distintas ciudades en Tráfic de lugares como, Zapala, Cutral Có, Plaza Huincul, Junín de los Andes, Bariloche, Bolsón, El Maitén, etcétera para ser atendido por quien llamaban el doctor de la gente. Y así lo hizo hasta el último día que atendió, teniendo más de 80 años, porque se vio obligado a dejar su Profesión que tanto amaba por una lucha que duró casi cinco años contra un cáncer de riñón con metástasis en intestino.

Lucía también hacía domicilios hasta altas horas de la noche después de atender en su consultorio, y recibía como pediatra en los partos a los bebés recién nacidos, y en cualquier horario del día. Atendía también internados en los distintos Centros de Salud de la Localidad, además de atender pacientes de ciudades aledañas.

Ellos dejaron la Capital Federal porque sentían la necesidad de hacer Medicina Social “haciendo Patria” en el Sur de su amado País, y por eso se mudaron a Cinco Saltos el 15 de mayo de 1964”.

Lucía, aunque hace años perdió gran parte de su visión decidió vivir sola. Igualmente, Ricardo, y Ezequiel y familia se ocupan de ella. El 10 de noviembre, cumplirá 91 años y tiene entre sus grandes recuerdos a su marido Alejo, con quien dice que sueña casi todos los días desde su partida.

En 1966 nació su único hijo, Ricardo Julio Aüada, quien actualmente reside en Cinco Saltos. Estudió Licenciatura en Kinesiología y Fisiatría en la Universidad de Buenos Aires (UBA) como sus padres, y además es Osteópata. Cuando realizó sus Estudios Universitarios en la UBA, lo hizo trabajando de Camionero, Guardavidas, manejando una Combi como Repartidor de Libros, etc, ya que cuando se fue a estudiar a los 20 años con la que en aquel entonces era su esposa, Susana Smith, y es la madre de sus 2 hijos, ambos estudiaban (ella es Fonoaudióloga), y su hijo mayor Ezequiel, estaba próximo a cumplir 2 años. Ricardo también se especializó en Kinesiología Deportiva y llegó a ser Kinesiólogo de la Selección Argentina de Judo. Además, es Profesor en la Universidad de Mendoza y en la Universidad de Flores.

Él tiene como filosofía de vida, hacer cada tanto por sus propios medios voluntariados ayudando refugiados de guerra en distintos Países. Ya lo hizo en países de Oriente, por ejemplo, estuvo en Jordania (2018 y 2020), trabajando ad honoren con distintas ONG. También lo ha hecho en Argentina, en el Norte de nuestro país, en el Impenetrable de Chaco (2019), con la Comunidad Qom (Wichis y Tobas).

Además, es miembro de organizaciones humanitarias y socorristas, y bombero voluntario. Siente que su misión en este mundo es ayudar, y como siempre dice, "es un legado heredado de mi padre y de mi madre".

Ricardo tiene dos hijos, Ezequiel (37 años) profesor de educación física, y Tobías (31 años), kinesiólogo, quien actualmente reside en Australia. Ezequiel con su compañera María Elga Guajardo, también profesora de educación física, tienen dos hijos: Candela, de 15 años; y Alejo, 6 años.

Resumimos un testimonio posteado en redes sociales de un vecino y paciente desde pequeño (él y toda su familia), sobre Alejo: Yo lo vi, no me lo contaron… Yo lo vi, se llamaba y se sigue llamando “el Doctor Aüada". Se llama porque su recuerdo es permanente. Yo lo vi con su caminar pausado, con su delantal blanco y largo, muy pocas veces lo vi sin él. (…) Yo lo vi y agradezco que un SER como pocos pasó por mi vida… Se llamaba Alejo, pero fue conocido como el doctor Aüada… Cesar A. Sánchez).

Historia de vida narrada por el hijo de esos médicos solidarios, amantes de su profesión, que pusieron todo su empeño en la revalorización de la Medicina. Hoy los homenajeamos porque sus ejemplos perdurarán para siempre en sus pacientes y en la comunidad donde desarrollaron tan prolífica labor.