La historia de la emblemática casa de pastas, contada por los hermanos Daniel y Horacio. Anécdotas, emoción y mucho más. Con sabor a éxito.
En la pared blanca de la derecha brilla el escudo azulgrana de San Lorenzo de Almagro. En la de enfrente, el azul y oro de Boca Juniors. “A mí me hizo del Ciclón mi papá Jorge y a él -por Daniel- mi mamá Elsa del xeneize”, explica Horacio acerca de las diferentes pasiones.
El fútbol los separa, la familia y Las Malvinas los une. Así los encontramos, laburando juntos a la par, con las manos en las masas literalmente en el histórico recinto de 9 de Julio y 25 de Mayo.
Orgullosos de ellos, donde quiera que se encuentren, deben estar aquellos viejos soñadores que en 1978, con un “palo de amasar y muchas ganas de progresar en la vida”, dieron el puntapié inicial a este negocio familiar Lucero-Gross que con el tiempo se convirtió en un clásico cipoleño.
Contra los que muchos suponen, el nombre no obedece a la guerra de Malvinas aunque sí al sentido nacionalista de sus fundadores. “Muchos nos preguntan si somos ex combatientes pero se le puso así por el espíritu patriota que tuvimos siempre ya que inauguramos 4 años antes que el conflicto bélico”, asegura Daniel mientras brinda una cordial indicación a una de las 3 eficientes empleadas.
En la heladera del mostrador se exhibe la variedad de manjares y en la estantería hay varios tubos de ricos tintos, además de otros comestibles. El trabajo es intenso porque al momento de la nota se acercaba el 29, es decir, el día de los ñoquis, y “todo el mundo los lleva en esa fecha, en especial si cae día de semana como el de septiembre”, explican.
Hay clientes de toda la vida y público nuevo en el interior de un comercio que no pierde su esencia ni ese espíritu e impronta colonial.
Se trabaja en equipo tanto que en un principio se pospone un día el encuentro con este medio a pedido de los encargados de la histórica pyme para que esté “el plantel completo”.
Calidad, constancia y buena atención es “la fórmula”, el secreto para mantenerse en el tiempo y lograr la aceptación general, considera Daniel, un fana del laburo que a los 68 años pasa más de 10 horas en el local.
“Yo estoy más adentro y Horacio -53- hace más el tema de los repartos”, revela cómo se distribuyen las tareas cotidianas en una de las casas de pastas más antiguas de la ciudad.
Jorge, el padre de la criatura, era oriundo de Mercedes, San Luis y Elsa, su esposa, de la provincia de Buenos Aires.
“Una vuelta vinimos con ellos, mis padres, a visitar a mi hermano que hacía la colimba por acá, les gustó y nos quedamos. Mi viejo al principio trabajaba en una pizzería y mamá en la cocina del Hotel Nogaro. La iniciativa de la casa de pastas vino por el lado de mi viejo, conocido como el Gordo Lucero, que laburó en Vía Fetuchini, una de las cadenas más importantes. Así abrieron en Moreno al 300 originalmente, luego se mudaron a Irigoyen y 25 de Mayo y desde el ’97 en esta esquina. A la vez, en el 86 mi otro hermano Abelardo, ex arquero de Atlanta, abrió la sucursal de Roca y Brentana, que actualmente tiene otros dueños”, repasa la historia del tradicional comercio Horacio.
Les compra “todo Cipo”. Desde el cliente chico, “de mostrador”, ese laburante que se lleva la vianda a su casa a prestigiosas entidades e instituciones deportivas, como Marabunta, club con el que el Negro, como lo conocen popularmente, siempre estuvo vinculado.
Muy ligado al plano deportivo en general, también supo presidir y poner bien alto a Pillmatun. Y ayudan a nivel publicitario a Cipolletti, el máximo referente del deporte zonal. A propósito del Albinegro, guardan un par de lindas anécdotas.
“A Cipo lo ayudamos un montón siempre, incluso cuando se quemó el quincho. Mi papá me acuerdo que le cocinaba las pastas al plantel en las épocas doradas del Ruso Strack y tantos próceres. Y en varias ocasiones venían los jugadores a comer a casa, cuando vivíamos detrás del Rosauer. Desde Blas Armando Giunta a otras figuras de primer nivel”, recuerda el Negro mientras un vecino lo para en la vereda y le tira una primicia que le alegra la jornada: “mirá que parece que viene San Lorenzo a jugar un amistoso con Cipolletti”.
Claro que su ida y vuelta diario no se da en una cancha sino dentro y fuera de Las Malvinas. Es que además de dar una mano en la elaboración, reparte la fresca mercadería a lo largo y ancho de la ciudad con la Fiat Fiorino Blanca.
Anda siempre con el delantal puesto y se ríe al rememorar una confusión graciosa: “un vecino recién llegado al barrio donde vivo se pensó que yo era médico o de ese rubro por el atuendo y al saludarme en la vereda me dijo: ¿cómo le va doctor?”, comenta entre risas.
Daniel también destaca la ayuda a instituciones como la de los ex combatientes “que suelen viajar a pueblitos rionegrinos y allí le llevan las pastas a muchos chicos que jamás la habían probado”.
“Estamos muy agradecido a la ciudad. Cipolletti es todo para nosotros. Jamás quisimos irnos, ni siquiera a Neuquén y mirá que propuestas tuvimos... Hay muchas entidades como el Hospital, Bomberos que suelen encargarnos. Y el 99 % de los clubes que organizan rifas o venden para recaudar fondos ofrece nuestras pastas y eso también es reconfortante”, aseguran a la vez que posan para las fotos.
Respecto a las pastas más populares, entre los que enumeran “ñoquis, sorrentinos, lasagna… Y, por supuesto, los tallarines, que son un clásico nuestro”.
Mientras ellos se prestan para la producción de LMC, Marcela, Cristina y Leopoldo continúan con las tareas y los cubren un ratito en el concurrido recinto, donde reina la armonía.
“Este negocio familiar es todo para nosotros, el legado que dejaron nuestros viejos”, culminan con emoción.
Daniel y Horacio tienen “pasta” para manejar uno emprendimiento familiar con pasado, presente y futuro. Continuando el legado de los viejos en Las Malvinas están en su salsa. ¡Un gustazo, muchachos!