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Chaures, la fábrica de sellos que sigue dejando su marca

El tradicional comercio cipoleño cumplió 44 años de vigencia. Raúl, se creador, sostiene que el oficio se lo asignó el destino. Vivió la época de la tipografía al 3D.

Cuenta que cuando iba a la escuela, fabricaba sellos con los tapones de goma de los frasquitos de tinta china. Les tallaba letras con una hoja de afeitar y con eso jugaba a dejar su marca. Después, cuando iniciaba la adolescencia, se empleó en un galpón de empaque como “sellador de riel”, un oficio típico de la fruticultura de otros tiempos. Años más tarde, empezó a trabajar en una fábrica de sellos que finalmente terminó comprando.

“Evidentemente, era mi destino ser sellero”, afirma entre risas Raúl Chaures, el propietario del tradicional comercio que acaba de alcanzar 44 años de trayectoria, los últimos 30 en el local ubicado en Miguel Muñoz casi 9 de Julio.

Aprendió el oficio cuando se empleaba la técnica de la tipografía, labor artesanal en la que se debía compaginar los tipos metálicos, letra por letra, números y símbolos, para luego, mediante un proceso con calor y una pasta especial, estampar con una prensa una plancha de goma donde quedaría impregnada la leyenda buscada.

Era un trabajo que requería paciencia y detallismo, dado que el resultado debía ser un sello que luego se utilizaría para formalizar documentos.

Con los años, la tecnología avanzó hasta las impresoras 3D, con las que se evita todo el proceso manual y, con solo una computadora y el moderno instrumento impresor, se logra el mismo producto y hasta con mejores resultados.

Chaures adoptó el nuevo sistema hace unos 17 años. “Fuimos los primeros”, enfatizó Raúl.

Cómo él se jubiló, la posta con la nueva tecnología la tomó Denise, una de sus hijas, quien heredó el oficio y se especializó en el nuevo mecanismo y en todo lo nuevo que ofrece el rubro.

Ambos resaltan la seriedad con la que se desempeñaron en todo este tiempo, lo que les ha permitido ganar infinidad de clientes y de muchos lugares de la región.

Son los proveedores de siempre de empresas, comercios, organismos públicos y profesionales de distintas especialidades y no solo de la localidad, sino de otras vecinas e incluso de otras provincias que se acercan pidiendo sus servicios por el prestigio de calidad que se ha transmitido de boca en boca.

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Amor por lo que se hace

Un sello bien hecho, con materiales de buena calidad, puede llegar a alcanzar una vida útil superior a los 20 años, según el trato que se le dé. En Chaures destacan que los que ellos fabrican pueden alcanzar esa durabilidad.

Por eso, afirman Raúl y Denise, han conquistado una clientela que se mantuvo fiel al paso de los años.

“Es amor por lo que uno hace y es un orgullo enorme”, afirma Denise, quien se crio en el local y aprendió de chiquita los secretos del oficio.

Por su labor, recibió un reconocimiento de la Cámara de Industria y Comercio cipoleña y también la firma fue distinguida por su trayectoria una marca austríaca de insumos de prestigio internacional.

El éxito, afirma, se logra ofreciendo productos de calidad y buen trato al cliente, condiciones que han cumplido en estas más de cuatro décadas.

Con una sonrisa de satisfacción destacan que el apellido está tan vinculado, que en muchos lugares lo reconocen como “el señor de los sellos” y eso les agiganta el orgullo.

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Modelos que no pierden vigencia

Los tradicionales de madera siguen siendo los más solicitados. Por su durabilidad son más aptos para establecimientos con mucha actividad. Son sencillos de utilizar y solo se necesita una almohadilla embebida en tinta y listo. Además, garantizan durabilidad, dándole un trato acorde.

Su vigencia permaneció incluso cuando aparecieron los de plástico con un sistema automático que no requieren de almohadilla aparte, ya que la tienen incorporada y solo se necesita recargarla en determinado tiempo. Estos tuvieron mucho éxito ni bien salieron al mercado y aún son muy requeridos por médicos, abogados, contadores y otros profesionales.

También hubo otros modelos más coquetos que tuvieron una demanda que se mermó con el tiempo.

Por ejemplo, los que venían en una cajita metálica del tamaño de un encendedor y otros muchos más coquetos, como los que venían montados en el interior de una lapicera y se extraía mecánicamente la superficie de la leyenda mediante un botón disimulado. Ambos eran los favoritos de los médicos y estuvieron de moda en su tiempo.

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Propuestas indecentes

Como el sello está asociado a documentos y otros instrumentos legales, cuentan que en más de una oportunidad recibieron propuesta para elaborar productos que despertaban sospechas. Sugestivos gestores de vehículos, supuestos abogados y contadores y hasta empresarios cárnicos de dudosa credibilidad se han presentado pidiendo sellos con un buen incentivo económico.

Pero no aceptan los trabajos así nomás. Saben que un instrumento fabricado por ellos puede ser utilizado en maniobras turbias. Por eso cuando despiertan dudas piden acreditaciones para cerciorarse. De no obtenerlo, directamente rechazan el trabajo.

“Preferimos perder un ingreso antes que manchar nuestro buen nombre”, resaltan.

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El fantasma de la despapelización

La despapelización, término que ha adquirido protagonismo en los últimos años, está asociado a la necesidad de preservar el medio ambiente a través del menos uso del papel. Para un fabricante de sellos, que se deje de usar el papel sería como un golpe de nocaut.

Raúl lo pensó cuando comenzó a difundirse el concepto. Creyó que lo iba a afectar. Pero hasta el momento no sintieron el impacto. De todos modos, no lo descarta que en el futuro pueda tener algún tipo de consecuencia. Pero confían que a esa altura ya se habrán reinventado.

Las Lajas, un lugar en el mundo

A mediados de la década del 80, Raúl había perdido la ilusión de tener su casa propia ya que siempre habían alquilado. Se anotaron en distintos planes del Estado, pero nunca fueron favorecidos.

En esa época fueron a pasear a Las Lajas, la localidad de la provincia del Neuquén, y charlando con un amigo por la frustración que eso les generaba, les dijo que allí eran accesibles los terrenos. Con ese dato fue hasta el municipio y le adjudicaron un lote en un barrio de la periferia. Allí construyeron el ansiado hogar y se mudó la familia. Durante varios años Raúl se venía los lunes para abrir el negocio y se volvía los viernes. Ahora que está jubilado viene cada tanto a visitar a sus hijas. Está feliz con la decisión. Un lugar que encontró en este mundo.