¿A quién hablan los personajes cuándo hablan con sus mascotas? Cualquiera podría decir que están tratando de comunicarse, pero ¿esto es posible en pleno siglo veintiuno?
Casi no hay réplica, no hay quién conteste. Cercanos al soliloquio, los personajes van poblando de gestos la escena, gestos que reemplazan al habla, hasta que la palabra llega a desarmarse en gruñidos que terminan en ladridos y mordeduras. La iluminación acompaña climas y cambios que señalan distintos estados de conciencia. A la vez los sonidos, una suerte de foné, en el discurso aristotélico, reemplazan a la léxis, la lógica.
Y aparecen esos fantasmas de la memoria emotiva: la perversión, la violencia. Los procedimientos en la técnica actoral también dicen de la angustia, tras la repetición y la obsesión con los animales se escenifican las relaciones con las mujeres que fueron parejas de los personajes: reclamos no escuchados, tedio, agresiones escondidas y la presente ausencia de dos mujeres que tienen una, nombre de animal: Pato y su mascota, Colita, una parte del cuerpo en diminutivo; la otra mujer también es nombrada como una menor que hay que educar: Yanina. A través de sugestivos juegos coreográficos Néstor Caniglia, Claudio Martinez Bel logran convencernos del estado de violenta angustia en que finalmente los sumergió esa habla solitaria en que se han convertido muchas de las relaciones humanas.
El público celebró con mucho humor, en una escena que cuenta únicamente con la presencia de los actores y la iluminación, el reconocimiento de las proyecciones de los amos en sus… mascotas.
* Crítica de "Perras", representada el sábado en el Festival Internacional de Teatro.