Atrapar narcos, el juego preferido de los perros policías

Así entrenan a los sabuesos que hallan drogas o el rastro de personas perdidas.
Guadalupe maqueda
maguedag@lmneuquen.com.ar 
¿Drogan a los perros que buscan cocaína y marihuana? Nada más lejos. Basta con darse una vuelta por la División Canes de Ferri para echar por tierra el mito que abonan muchos, hasta los más escépticos. Allí, el adiestramiento y, por consiguiente, la búsqueda de narcóticos, comienza y termina como un juego para el mejor amigo del hombre. Cachorros o adultos. Mestizos o de raza. Operativos o en etapa de formación, todos los perros que llegan a esa sección –dependiente de la Regional Quinta– son donados. Algunos son entrenados para detectar sustancias prohibidas, otros para la búsqueda de personas o restos cadavéricos. Y, en cualquier caso, la base siempre es la misma: juego ciento por ciento. 
Por eso, cuando salen a la calle y participan de un operativo, no buscan cocaína ni marihuana. Ni siguen rastros criminales, de cadáveres o personas en grandes superficies. Ellos buscan su juguete: la pelota, el mango o cualquier objeto que el guía haya utilizado para entrenarlo, siempre asociado al olor de la sustancia, persona o restos cadavéricos que tienen que encontrar y para lo cual recibieron entrenamiento. “Una vez que marcan, tienen que tener su juguete. Es su recompensa por el hallazgo. Si no, se frustran”, cuenta el cabo Cristian Ramos, uno de los 10 guías que integran el equipo de trabajo, junto al médico policial Sergio Gómez. La cabo Karina Alvarado siente a los canes como parte de su familia, su compañero. 
“Cuando el perro tiene la actitud, podés hacer que busque lo que quiera. Y siempre estará buscando su juguete”, cuenta el veterinario. 
En el predio donde los entrenan, en Ferri, no hace falta pedir permiso para verlos corretear de una punta a la otra y hacer sus ejercicios. Los portones de la División Canes están abiertos a cualquier vecino “para romper el mito de que drogamos a los perros”, confiesa Alvarado.
Allí se aseguran de que no “coman sobras” y se los adiestra con amor y mucha paciencia. Cada uno tiene su canil y una plaquita que lo identifica. También, un patio de recreo y otro de entrenamiento. Hay labradores, beagles y bracos, como la famosa Uma, que encontró a Kim, un turista coreano que estuvo 12 días perdido en El Bolsón, en 2014. “No buscamos una raza en particular sino que tengan actitud para la búsqueda”, apunta Gómez. Por eso también hay goldens retriever, un setter, ovejeros alemanes y mestizos. Tienen un promedio de tres años, lo que significa “futuro” para el equipo. 
Blue es una perra mestiza. Pasa el olfato por cuatro cajas de cartón, marca la última y no se equivoca. En ella se encuentra el producto comercial que se utiliza como “pseudo” marihuana. Rasquetea y quiere tumbar la caja. Y como recompensa, su guía le muestra el mango: su juguete. 
La perra llegó a la división no hace un año todavía, luego de comerle dos controles remotos al jefe de Policía, Fabián Gatti. En la división, recibe entrenamiento para detectar narcóticos y va por muy buen camino. El ejercicio indicado la puso a prueba y lo resolvió con éxito. Morena, otra perra mestiza que tiene algunos meses, le sigue sus pasos. Coba (beagle) y Hachi (labrador), que llevan más tiempo en la división, también son operativos en la búsqueda de narcóticos. 
Infalibles
“Es rarísimo que un perro se equivoque. Si lo hace, nosotros nos equivocamos primero”, cuentan en la sección Canes. Y Gómez agrega: “Si el perro es malo es porque el guía es malo”. 
Según el cabo Ramos, “el guía interpreta con los ojos lo que el perro busca con el olfato”. 
El sistema “se llama binomio y tiene que ser perfecto. Hay que estar a la altura del perro. De lo contrario, es como darle un auto de carrera a un piloto que no lo sabe manejar”, agregó el veterinario Gómez. 
De ahí que se insista en la vocación y más capacitaciones para el personal.  Sostienen que es una “garantía” trabajar con un perro porque está dispuesto las 24 horas. “Hacemos fusión entre los dos equipos para lograr resultados”, añade la cabo Alvarado. Como los canes absorben el carisma del guía, Ramos considera importante “dejar afuera los problemas para que el perro sea efectivo”. “Un perro estresado no responderá nunca”, finaliza.
 
Paso a paso, cómo se convierten en agentes
Cuando un perro llega a la división, el equipo de trabajo lo pone a prueba diez días para ver si se integra. Si se adapta, pasa a una segunda etapa en la que se determina si tienen actitud para la búsqueda. Si demuestran entusiasmo, comienza otra fase que consiste en arrojar el juguete y que vaya a buscarlo. Cuando lo agarra, el entrenador lo alienta para afianzar su instinto.
Después, hay que asociar el juguete a un olor particular. Puede ser pólvora, algún narcótico, una prenda de vestir o restos óseos. Cada vez que el perro sienta el olor pensará en su juguete. Una vez que sabe cuál es el olor que tiene que buscar, el guía tira su juguete, le dice “busque, busque” para incentivarlo y el animal responde. “Cuando encuentra el olor, encuentra su mango”, dice Gómez. Al hallarlo se le entrega su “trofeo” y al can ya no le interesa buscar más nada. Por eso, puede pasar por una tonelada de marihuana sin que se le mueva un pelo. 
Como los perros buscan un olor específico, se trabaja con “pseudo” narcóticos. Y se los prueba con frío, lluvia, viento y en distintos horarios para que estén preparados.