El clima en Cipolletti

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Rompamos con la indiferencia, volvamos a la calle

Nuestras autoridades nos deben respuestas, pero también tenemos que comprometernos y movilizar desde el lugar que nos toca o terminaremos presos de la impotencia.

Por: Diego Penizzotto*

Amé esta ciudad desde que la pisé por primera vez a los siete años de edad, cuando en el año 1985 llegamos a vivir con mis padres y mi hermano, desde Buenos Aires. En aquellos años, Cipolletti era una ciudad en plena expansión y algún político en los noventa utilizó un slogan que la describía a la perfección: “Cipolletti, ciudad para vivir”.
Sin embargo, casi sin darnos cuenta, el aire de nuestra ciudad cambió cuando en noviembre de 1997, sucedió el primer triple crimen. Algo se quebró.
Por alguna extraña razón nuestra ciudad pasó a ser noticia por hechos aberrantes. La catarata de homicidios durante los últimos años nada tiene que ver con aquella ciudad tranquila, apacible y deseada por tanta gente que eligió “poblar el Sur”.
“Basta de duelo”, decía el cartel que la familia Araya portó en la marcha por seguridad y justicia de los Vecinos Autoconvocados. A su lado, Ulises González volvía a estar presente después de un tiempo sin apariciones públicas, para pedir justicia, como desde hace 15 años. Todo un ícono del clima que se respira hoy.
Cuando la tragedia se repite sin que los responsables aparezcan, la misma tragedia sucede dos veces. Y la impotencia da lugar a la injusticia.
La certeza que existe entre los vecinos es que los delincuentes tienen más permisos, más privilegios y más libertades que los que queremos trabajar en paz y armonía. La percepción es que ya no somos dueños de la calle. Las cosas suceden y nadie es responsable ni paga las consecuencias.
Poco tiene que ver la realidad de nuestra ciudad hoy con la desafortunada y célebre frase de un ex ministro, que pretendía ningunear el flagelo de la inseguridad tildándolo de “sensación”. Si lo que existe en Cipolletti es una “sensación” de inseguridad e injusticia, se trata en verdad de la vivencia diaria de cada vecino que fue víctima o tiene un familiar, amigo o conocido, víctima de un hecho delictivo.

Egoísmo
Cuando supe de lo sucedido con Claudio Araya me encontraba en el trabajo. Me estremecí porque se trata del hermano de una amiga entrañable. Y en ese instante entendí que no nos podíamos quedar de brazos cruzados. Pensé que debíamos movilizarnos y no fui el único. Las redes sociales explotaron y la marcha fue multitudinaria.
Debo confesar de todas formas que confronté conmigo mismo por un buen rato. Me di cuenta de mi egoísmo: estaba saliendo a reclamar con dolor, furia e impotencia porque, esta vez, le tocó a un amigo. Pero las tantas otras veces que había visto casos similares, simplemente no participé. Y es este el punto de mi reflexión: la participación. Si queremos que algo cambie, debemos involucrarnos todos.
Para que un hecho aberrante como los que han enlutado la ciudad tenga lugar, muchos son los actores y los factores que deben combinarse. Muchas cosas deben salir mal, todas al mismo tiempo. Y con el hecho consumado, llega el momento de medir las responsabilidades.
No tengo duda que los tres poderes del Estado son responsables. El Ejecutivo provincial debe proveer seguridad y tiene poder de policía, administrando una fuerza tan cuestionada por su accionar, a veces cómplice, a veces ineficiente y otras indiferente. El Poder Judicial permite salidas transitorias con controles deficientes a personas cuya capacidad real de reinserción es aún dudosa. El Poder Legislativo, al no establecer un marco legal acorde a los tiempos que se viven, sin reformar un Código Procesal Penal obsoleto. La Municipalidad, que si bien no es responsable directa de la seguridad, mucho puede hacer al respecto desmalezando, colocando luminarias, colocando cámaras y trabajando en prevención.
Todo lo anterior está debidamente reflejado en el petitorio que como Vecinos Autocconvocados hemos elaborado, y puesto a la firma en distintos lugares de la ciudad, para ser elevado en los próximos días.
Pero más allá de las responsabilidades de nuestros representantes, mi reflexión es qué competencia nos cabe a los ciudadanos. Sucede que tenemos la tendencia a movilizarnos solamente cuando nos afectan a nosotros. Y suele pasarnos que la participación decae a medida que pasa el tiempo, y los hechos que nos movilizaron se vuelven lejanos. Si sabrá de esto Ulises, que entregó años de su vida buscando justicia, y terminó sintiéndose solo en el reclamo. Lo terminamos dejando solo.
No hay cambio social posible, sin cambios individuales. Lo que necesitamos es un quiebre en el statu quo que nos lleva inercialmente al “no te metas”. Justamente lo que necesitamos es meternos, involucrarnos, participar. Y no se trata de hacerlo cuando las cosas ya pasaron. No se trata del reclamo de justicia, y de pedir a las autoridades que hagan lo que tienen que hacer. Se trata de involucrarnos todo el tiempo para que las cosas cambien.
Precisamente esto fue lo que hizo Claudio. Dudo que en ese instante trágico haya pensado “¿quién tiene que correr al ladrón?”, “¿dónde está la policía?”, “¿por qué el juez deja salir a trabajar a un preso a un taller que no existe?”. Claudio se involucró. Se metió, a pesar de que no le correspondía. Simplemente dio, vaya si dio.
No puedo dejar de pensar que Claudio llevaba dentro el ejemplo de Jesús. Qué mejor manera de pensar en Semana Santa. Es que justamente eso fue lo que hizo Jesús, sacrificarse por el otro. Y precisamente eso conmemoramos en esta fecha. Qué mejor ejemplo para estos días agitados que la participación extrema de darse por el otro. Estoy convencido de que nuestras autoridades nos deben unas cuantas respuestas. Pero también, de que si no decidimos comprometernos, accionar, y movilizar desde el lugar que nos toca, a diario, terminaremos presos de la impotencia.
Sigo creyendo que Cipolletti es una ciudad para vivir. Por ello decidí regresar luego de recibirme, para que mis hijos la disfruten igual que la disfruté yo. Pero los tiempos son otros. Y si de verdad queremos una ciudad para vivir, es necesario que la construyamos literalmente entre todos. Rompamos con la indiferencia, volvamos a la calle, demos y hagamos por el otro. Es el legado de Jesús, es lo que Claudio sabía cuando cruzó la calle para ayudar.

* Licenciado en Economía, vecino autoconvocado.

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