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Las personas no se pueden vender ni comprar

Como sociedad es nuestro deber abrir los ojos, tener una mirada hacia el otro y darle voz a aquellos que no la tienen. Todos desde el lugar en el que nos toque.

Por: Santiago Marquez Gauna (*)

Las cosas no hablan, no se quejan, la lapicera con la que escribo no me reclama si escribo demás o si tacho cien veces lo que ya escribí. Las cosas pueden ser negociadas, cambiadas, compradas o vendidas siempre que haya alguien que las quiera vender y otro que esté dispuesto a pagar para comprarlas o en su caso alquilarlas, las personas, no.
Las víctimas de la trata de personas, seres humanos cosificados y comerciados impunemente, suelen no tener voz, como las cosas, pese a que no lo son.
Las personas no se pueden vender ni comprar, al menos eso decidió nuestro país desde 1813 cuando proclamó la libertad de vientres y siguió en la misma dirección al ratificar todas las convenciones contra la esclavitud.
La trata de personas es un flagelo multicausal, que se describe como delito en el Artículo 145 bis y ter del código penal, pero que excede a dicha descripción. Así, la Argentina siguiendo los lineamientos del protocolo de Palermo, legisló e incorporó en esos artículos la descripción de lo que debe entenderse como el delito de trata de personas.
En una redacción, intrincada y difícil de comprender se describen conductas, dividiendo los casos dependiendo si la víctima del mismo es menor o mayor de 18 años. Este delito consiste en el traslado forzoso o por engaño de una o varias personas de su lugar de origen (ya sea a nivel interno del país o transnacional) la privación total o parcial de su libertad y la explotación laboral, sexual o similar.
Además de incorporar el delito específico en el Código Penal, la Republica Argentina al sancionar la Ley 26.364, se comprometió a diseñar y ejecutar políticas activas para le prevención y lucha contra este flagelo, por lo que se espera del mismo una activa lucha, más allá de las actividades de investigación y persecución judicial.
 
De otras zonas y países
En la región se han llevado adelante actividades de sensibilización, se han dictado normas municipales y se han desarrollado procesos judiciales en aquellos casos que se han detectado situaciones de explotación. Lo que tienen en común, los distintos hallazgos en esta región, es que las personas sometidas son generalmente de otros países o al menos de otras zonas de Argentina, ello responde al fenómeno que rige a Latinoamérica respecto de este flagelo, así se advierte que las personas sometidas por las redes criminales que se dedican a esta actividad se encuentran generalmente en un situación de vulnerabilidad.
Esa vulnerabilidad comienza por su condición de mujer o niño, por situaciones de abandono y principalmente por situaciones de pobreza y falta de expectativas.
Esto responde a la facilidad que dichas situaciones le dan a quienes captan personas para su explotación, a diferencia de lo complejo y peligroso que puede ser para estas organizaciones, captar víctimas a través de secuestros o situaciones que requieran violencia expuesta al momento de la captación, como se ve en algunas películas sobre el tema ya que es más fácil y menos costoso aprovecharse de una situación de vulnerabildad para captar personas que salir a secuestrarlas por la calle.
 
Sin casos de captación
En esa lógica, las áreas con mayor problema de captación de victimas son los países empobrecidos o con un alto nivel de desigualdad y falta de contención, o las áreas de nuestro país, donde los índices de pobreza y corrupción son altos.
Por ello, en la región no se han detectado casos de captación, más si es un destino redituable para realizar la explotación de las personas captadas, sobre todo las localidades atravesadas por el fenómeno del petróleo, donde hay una gran cantidad de hombres solos sin familia que están mucho tiempo lejos de su hogar y que disponen de un buen ingreso, lo que de ninguna manera es justificante de dicho consumo.
Como las personas sometidas por estas redes mafiosas han sido cosificadas, no tiene voz, no podemos sentarnos a esperar que denuncien, no van a concurrir a la comisaría decirle señor Comisario, soy victima de la trata. No van a golpear las manos frente a las fiscalías pidiendo justicia. Es por eso que como sociedad es nuestro deber abrir los ojos, tener una mirada hacia el otro y darle voz a aquellos que no la tienen.
Todos desde el lugar en el que nos toque, los docentes que educan a los hijos de estas personas, las enfermeras y médicos que los atienden en hospitales o clínicas, los policías que las cruzan por la calle y no las ven, o si las observan, las piensan como personas que han decidido vivir de esa manera. Por ello, es necesario que los distintos estamentos del Estado trabajen en equipo, sean formados para detectar estas situaciones y tengan actitudes proactivas hacia la detección y prevención de este fenómeno. El resto de la sociedad tenemos un compromiso, el compromiso con lo humano del otro, con el débil y el explotado. El compromiso es darle voz a quienes no la tienen y mostrar lo que algunos no quieren ver: porque al barrerlo debajo de la alfombra, no lo hacen desaparecer.
 
(*) Responsable del Programa Red Anti-trata del Centro de Derechos Humanos del Comahue.

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