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La nueva derecha, las viejas recetas

Por Herman Avoscan -Diputado Nacional FpV

Cipolletti.- Para los que realizan operaciones simbólicas, el riesgo de construir una imagen supuestamente ideal de la realidad es que finalmente pueden terminar siendo presas de esa misma representación. Su propia creación independizada se vuelve contra ellos forzándolos a distorsiones cognitivas importantes. Lo mismo ocurre con los juicios absolutos que colocan al emisor del lado de los buenos y condenan al resto al infierno o al ostracismo.

Algo de todo esto encontramos en el discurso de Jorge Lanata. A fuerza de discrepar contra lo que denostaba como “relato kirchnerista” fue construyendo su propio “relato”: un país arrasado por la inseguridad jurídica, la inflación, la desocupación, la soberbia de los gobernantes, el riesgo de morir a manos de un motochorro o en una entradera. De a poco fue dejando a un costado todos los ideales que había defendido durante años: derechos humanos, proyecto nacional, industrialización, cultura popular, justicia democrática, democratización de los medios. Cuando en 2003 encontró que ese discurso empezaba a ser una realidad, cambió de perfil. Se imaginó a sí mismo como el último fiscal de la vida pública de la Argentina y comenzó su campaña moralizadora.  Pero su cruzada subió unos grados más cuando acusó a toda la oposición de no servir “absolutamente para una mierda” porque “no están haciendo nada. Están de espectadores y ni siquiera tienen buenos tickets”.

Armó una bolsa y cargó contra todos, mencionando expresamente a Macri, Scioli, Massa, Altamira, Binner, Carrió. Y por las dudas, con el etcétera final dejó abierta la posibilidad de incluir a más dirigentes, sean opositores light o heavy, semi oficialistas o no.

La intolerancia y la violencia verbal de Lanata, su exasperación, lo convierten en la víctima de su propia criatura. Si ese país enfermo que lo amenaza no tiene solución en lo inmediato, entonces nada sirve. ¿Y cuando ese plazo perentorio que le concede a la oposición para arreglarlo no puede ser cumplido, porque es imposible, qué pasa? Porque ¿tiene esa oposición herramientas para paralizar el país? Lo ha intentado todo: impedir que el Congreso sesione; recurrir a la justicia; participar de las elecciones; hacer denuncias penales y políticas por donde se le cruce; aparecer permanentemente en cuanto medio tenga a mano para cuestionar todo lo que hace el gobierno nacional. ¿Se le puede pedir más?

Los columnistas de La Nación, con otro manejo de los tiempos y de las formas, aseguran que sí. Que tienen el deber patriótico de juntarse en una gran cruzada antikirchnerista para salvar a la patria. Discutible, porque esos rejuntes circunstanciales nunca llevan a ningún lado, pero formalmente democrática y republicana.

Lanata va más allá: “Toda la oposición junta no junta un balde de bosta. Toda la oposición toda, toda, la derecha, la izquierda, el centro, Macri, Massa, el partido Obrero, el partido comunista, el radicalismo, no juntan 200 gramos de bosta".

Al negarle cualquier tipo de valor (intelectual, moral, político), Lanata niega tanto a la oposición como al mismo sistema democrático. Su proclama termina siendo un reclamo a los poderes fácticos para terminar con una situación que juzga intolerable. El periodista devenido en showman del grupo Clarín, un recién llegado a la mesa de la derecha, no quiere guardar modales. No se disfraza de un perfil “neo” o “moderado”. Su inquina lo lleva por el camino más corto. Destruido el camino democrático, descalificada la dirigencia política que pueda producir el cambio que busca, invisibilizados los argentinos que votaron o votarán por el modelo kirchnerista, lo único que queda es el golpe de Estado.

El problema de los golpes es que muchos saben dónde comienza pero muy pocos conocen hacia dónde van. Un refugio para las minorías y sus privilegios.

 

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