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LMCipolletti

La fuerza de las obras sin palabras

Por Lic. Alba Burgos

BABEL ORKESTA
Comienza la función! La fiesta del teatro no es tal si no hay música: ésa parece ser la propuesta para el inicio en el Círculo Italiano,  de este grupo que naciera en el 2007. La teatralidad de una puesta musical se permite el juego expresivo con elementos de la región para vencer la timidez del público: nombrar las manzanas y festejar al inmigrante. El factor sorpresa, la espera y algún elemento icónico como la mujer que deja un armario y es paseada  abren la escena al placer de lo reconocible y lo diverso culturalmente a través de  instrumentos y vestuarios eclécticos que se combinan y lucen en situaciones tradicionales de amor y competencia . 
Dos actrices, un actor y cinco músicos en una explosión atemporal de color y sonido rompen el límite entre escenario y público a través de juegos teatrales, guiños a los espectadores que deberán salir a bailar, convocados todos a la celebración de lo popular en escena.  La riqueza de los ritmos que van desde el paso doble, tarantela, gypsy, vals y  tango al  swing  impulsa al movimiento inmediato a un  público juvenil que da la bienvenida con su participación y  la salida a la pista a los mayores menos atrevidos. Se ha establecido el momento de la largada, el precalentamiento del ojo  para la cita con el teatro, ese espacio donde nos miramos y reconocemos nuestro pasos y trazos por la vida, donde lo cotidiano toma otra magnitud para guardar en y traer a la memoria.
 
LE CONCIERGE (El Portero)
Más tarde, en La Caja Mágica, la oscuridad de la escena agiganta los pasos de un portero que se abre camino con un haz de luz…de linterna. Desde que ingresa establece el código de complicidad con el público, propio de un clown y como el conejo que mete en la galera, nos mete en su compás de afecto. La música de su cuerpo se despliega en la técnica del murmullo que tímidamente empieza a crecer. Eso que llamamos teatralidad gana nuestros sentidos y rodea al personaje de objetos vivos,  trampolines de su desventura y sobretodo de sus sueños. Con una técnica exquisita, Anthony Venisse traza en escena un tejido de voces interiores que despliegan en  cada movimiento una parte de su historia como una parte de su cuerpo. Hay un diálogo de tensión-relajación que comparte el público desde la ternura hasta un cierto pequeño juego de complicidad en lo perverso. Una impecable dramaturgia de actor-bailarín, director que viene a completar la naturaleza en pos de los sueños. El canadiense nos sumerge en la imagen de una mágica caja de música y agua que metaforiza, nos devuelve la vida.

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