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La dignidad de "los nadies" cipoleños

Ramón y su tío Segundo viven frente al canal de riego en la zona de El 30. Todos los días se dirigen al basural para poder encontrar indumentaria y alimentos que les permitan subsistir.

“Mi tío es analfabeto y es medio discapacitado; a mí me gustaría que lo ayuden a él si se puede”, manifestó Ramón.

Ramón se levanta, como todos los días, bien temprano. Calienta agua y se toma unos mates después de despertar a Segundo, su tío.
Los dos vecinos de El 30 salen rumbo al basural con la esperanza de encontrar algo que les sirva para alimentarse, vestirse o poder vender a cambio de algunas monedas.
“Vamos a la mañana y a la tarde todos los días”, explica con ojos tristes Ramón, mientras acaricia a uno de sus tantos perros.
Ellos son los “nadies” de la sociedad cipoleña, aquellos olvidados que quedaron colgando del sistema. La justicia social no pasó por allí, pero la dignidad, a pesar de la dificultosa tarea de vivir, no se pierde.
“Mi tío es analfabeto y es medio discapacitado; a mí me gustaría que lo ayuden a él si se puede”, manifiesta el sobrino de Segundo.
 
Un día en la nada
El calor del verano es, según sus testimonios, más acogedor que las gélidas temperaturas invernales.
El fueguito siempre presente y cada tanto un guiso de esperanzas borbotea sobre las llamas para callar los gritos que emite la panza. “En invierno nos tenemos que acurrucar frente al fuego porque el frío es tremendo, y cuando se llueve ni te cuento”, comenta el vecino.
La vivienda en la que habitan está realizada de manera muy precaria con maderas y unas improvisadas chapas que hacen las veces de techo. El piso, como es común en zonas como ésta, es totalmente de tierra.
Doce perros flacos y tres caballos completan la postal del grupo familiar, aunque el número varía dependiendo del azar.
 
Revolviendo
A la hora de revolver la basura todo puede llegar a ser de utilidad, pero el aluminio y el cobre es lo que más interesa a las personas que se acercan a tratar de esquivar la inanición y llenar, aunque sea por algunos minutos, su cuerpo de vitalidad.
Los cartones también son materiales comerciables. Así lo manifiesta Ramón quien llega a su precaria vivienda cargando en su hombro una pila de materiales producto de varias horas de trabajo en el basural.

Víctimas de la injusticia y la inseguridad

El vivir repletos de carencia no les impide, a Ramón y Segundo, escapar a los padecimientos de la inseguridad.
 
En épocas de bonanzas Ramón supo tener algunos chivos que criaba para poder venderlos, pero a días de las fiestas de fin de año fueron botín de un robo que arrancó de cuajo las pocas esperanzas de tener algo entre los dientes para esas fechas tan particulares.
“Ahora lo que conseguimos tratamos de venderlo rápido porque sino te lo roban”, dice un apesadumbrado Segundo mientras disfruta del humo de un tabaco producto de la mezcla de varias colillas de cigarrillo.
La vida en El 30 es difícil y más en las condiciones de esta pequeña familia. Ramón vivió muchos años allí, frente al canal de riego, en la compañía de su abuelo que falleció hace unos años. Esa pérdida caló hondo en la triste alma de un joven que hoy tiene 31 y también de Segundo, quien no sabe fehacientemente cuál es su edad.

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