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Investigadores definieron roles de Montecino y Condorito en la banda

En el inicio del juicio, agentes de la Policía de Neuquén aseguraron que la alianza entre los acusados establecía que Héctor comercializaba marihuana y Dávila, la cocaína.

Están sindicados como los líderes de una banda que, desde prisión, manejaba la venta de estupefacientes en el Alto Valle.

Una vez más, el particular ruido de las esposas dominó una sala de audiencias. Ayer fue en el edificio de la Justicia Federal de General Roca. Los protagonistas de la película son varios cipoleños acusados de integrar una banda que se encargaba de comercializar cocaína y marihuana en gran parte del Alto Valle.
El primer día del juicio oral contra Héctor Isaac Montecino fue farragoso y se extendió por casi diez horas. Rostros cansados, caramelos para despejarse y pedidos de permiso para ir al baño de parte de los detenidos fueron las imágenes que se pudieron ver entre las 9 y las 18.30 en el primer piso de San Martín y España.
Hubo algunas revelaciones de parte de los testigos como la que identificó a Montecino en el supuesto manejo exclusivo de la venta de marihuana y a Sergio “Condorito” Dávila como el presunto responsable de proveer de cocaína gracias a sus aceitados contactos fronteras afuera de Río Negro. De alguna manera, los funcionarios policiales citados, todos integrantes del Departamento Toxicomanía de la Policía neuquina, confirmaron lo planteado en la requisitoria fiscal, que habla de una “alianza narco” entre Montecino y Dávila, quienes desde el interior del Penal Federal 5 de Roca habrían logrado rearmar una organización delictiva.
Al argumento de los acusadores se opuso una férrea defensa y en la primera jornada, abogados particulares y oficiales demostraron que harán valer los derechos de sus representados. Hubo cruces con la representante del Ministerio Público Fiscal, Mónica Belenguer, y los integrantes del Tribunal: Armando Márquez, Eugenio Krom y Orlando Coscia. El abogado Gustavo Olivera se mostró beligerante e hizo una reserva federal para varios planteos en relación a sus preguntas a los testigos.
 
Mayoría de cipoleños
A diferencia del proceso que se cerró no hace mucho en Neuquén con condenas de 18 y 16 años para los hermanos Héctor y Ruth Montecino, la causa penal que tiene el número de Expediente 857 involucra a una mayoría de personas oriundas de Cipolletti y sólo una pareja de imputados es oriunda de  Centenario.
Los acusados tuvieron oportunidad de hablar pero por ejemplo Montecino fue escueto y señaló al Tribunal que “por ahora no, más adelante puede ser”. Medio parco, Dávila tampoco declaró más allá de brindar detalles de su vida privada (ver aparte).
Si quiso ofrecer su versión el cipoleño Jorge “Topo” Navarrete. “No se por qué estoy acá, no tengo nada que ver con lo que se me acusa, toda la vida trabajé”, remarcó el acusado. Luego, especificó que su ligazón con Montecino fue para hacerle un favor y llevarle mercadería a sus familiares debido a que él se encontraba en la cárcel. No ocultó su angustia por la situación que vive y generó la atención de los presentes en la reducida sala de audiencias.
También aceptó declarar una mujer oriunda de Centenario, Cecilia Soto, quien se confesó seguidora de la religión umbanda y consumidora de drogas. Explicó que a la hora del allanamiento de Toxicomanía estaba alojando a varias personas que iban a participar de una reunión de su culto. Sin ponerse colorada, indicó: “Estuvimos toda la noche consumiendo. En la religión se toma, se fuma y se acepta a homosexuales”. Y agregó: “Soy consumidora, estoy haciendo rehabilitación”.
Finalmente, la ex mujer de Dávila, Ramona Luna, también brindó su versión y afirmó: “No tengo nada que ver, yo me estaba separando de Dávila (al momento del procedimiento realizado en septiembre de 2012)”. La acusada, que vivía en Cipolletti en una casa ubicada en calle Brasil al 700, precisó que ocupaba la planta alta de la propiedad con sus cuatro hijos y dio a entender que no tuvo ninguna participación en actividades ilícitas.
 
“Desde dentro del penal”
Llegó el turno de los testigos y el primero en presentarse fue un cabo primero de la Policía. El efectivo hizo tareas de vigilancia en esta ciudad en domicilios situados sobre las calles Primeros Pobladores, América y Rubén Darío. La investigación, puntualizó, le permitió advertir la comercialización de drogas en las 130 Viviendas. “Colocaban sobre las rejas el dinero y por la parte de abajo, les entregaban la sustancia”, resaltó.
Luego, un oficial subinspector levantó la temperatura de la sala y se alargó por casi tres horas. Fue un verdadero interrogatorio liderado por un inquisitivo Olivera. El funcionario fue explícito y no dudó en afirmar que Montecino, desde la cárcel, “bajaba directivas a (Cristian Abel) López y Navarrete. Operaba desde dentro del penal”.
A medida que se extendía en sus explicaciones, aportó más información a los presentes y dijo que “Dávila tenía contacto con proveedores de clorhidrato de cocaína y Héctor ‘el Pocho’ Bravo actuaba como delivery”.
En este marco, se produjo uno de los primeros cruces entre defensores y Fiscalía derivado de una pregunta que hizo el abogado Martín Segovia. El resto de los integrantes de la defensa se plegó a su posición y el Tribunal tuvo que resolver las diferencias. Tras una breve discusión, decidió acompañar la objeción de Belenguer.
La sala quedó caldeada y Olivera arremetió con todo sobre el testigo. Su actitud mereció un reproche del presidente del Tribunal, Márquez, y luego, un cortante Coscia se vio obligado a espetarle: “El límite suyo es preguntar”.
Pasadas las 14, se cerró la testimonial del oficial y a las 15.30, fue el turno del comisario Jesús Quintuman, también de Toxicomanía. Reafirmó que Montecino se encargaba de conseguir la marihuana y Dávila, la cocaína. Respecto de las escuchas, comentó que “la tarea de las escuchas de los teléfonos la acompañamos con la tarea de campo”. El jefe policial se mostró sólido ante el interrogatorio de los defensores y ante las dudas que se intentaron sembrar exclamó que “voy a ser respetuoso de las personas que hicieron las escuchas”.
Los dos últimos testigos del primer día de juicio fueron dos oficiales, que desandaron casi el mismo camino que sus colegas y reafirmaron detalles de la vigilancia que derivó en el secuestro de casi 200 kilos de drogas.
Hoy será la segunda jornada con una decena de testigos.

Dávila: "Mi domicilio, prácticamente, es la cárcel"

Los detenidos hicieron su arribo ayer al edificio de la Justicia procedentes de los penales federales de Roca y Neuquén. En el caso de las acusadas femeninas, fueron trasladadas desde la cárcel neuquina de mujeres.
No hubo casi público en la sala de audiencias, un par de periodistas y una veintena de agentes del Servicio Penitenciario Federal, además de sus colegas neuquinos. Tanto mujeres como hombres llegaron con chalecos antibalas y esposas colocados y recién en el interior del lugar donde se desarrolló el debate oral quedaron liberados de ambos elementos de seguridad.
Al igual que en el último juicio realizado en Neuquén capital, Héctor Montecino exhibió una sonrisa durante gran parte de la audiencia. Vestido con un jean, suéter y camisas a cuadros, se limitó a cruzar algunos comentarios con Sergio Dávila. Ante el Tribunal, manifestó que lo llaman por el apodo “Monte” y que su oficio es la venta de vehículos usados. Asimismo, señaló que se encuentra en concubinato y que tiene cuatro hijos.
En el caso de Condorito Dávila, reveló que integró la Policía neuquina y que lo echaron “por apremios ilegales”. De remera y zapatillas, cuando lo consultaron sobre su domicilio, expresó en forma desfachatada que “desde el año ’99, mi domicilio es, prácticamente, la cárcel”. Por otra parte, se permitió desconocer su actual estado civil y confesó al Tribunal que “no estoy ni enterado, supongo que hay un trámite de divorcio pero no tengo conocimiento”.
Cuando le llegó el turno de declarar a su ex pareja, Ramona Luna, Dávila se enteró de su situación matrimonial actual. “Estoy en trámite de divorcio, estoy con otra persona en este momento”, dijo fríamente la mujer.

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