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"El que se quemó con leche, ve una vaca y llora"

Por Herman Avoscan (*)

Cipolletti.- La decisión de renacionalizar YPF, interviniendo y expropiando el 51% de las acciones en manos del grupo español Repsol, pone en la discusión la existencia de dos lógicas contrapuestas: la de quienes defendemos la intervención del Estado en la economía vs. la de quienes prefieren que sean las empresas privadas las que definan el rumbo que debe llevar la economía. Cuando debatimos YPF, no nos limitamos a la propiedad de los hidrocarburos o a la discusión de un esquema de distribución de la renta petrolera.

Estamos discutiendo quién es el responsable de llevar adelante las políticas macroeconómicas que definen el rumbo que llevará el país en las próximas décadas. En definitiva, hablamos del trabajo de los argentinos. En un mundo ideal, tal vez pueda verse como “racional” la propuesta de que sean los propios actores económicos quienes definan cómo invertir y dónde. Pero esa idealización olvida que en un mundo globalizado, con economías tan dinámicas y en plena crisis de recesión, los más poderosos pretenden tener el monopolio de esas decisiones y, de paso, trasladar el costo de sus fracasos económicos a la periferia. Y por si no se entiende: descargar las pérdidas en los países periféricos (nosotros, Latinoamérica en general), y quedarse con las ganancias. Es el modelo que se impuso a sangre y fuego durante la dictadura militar, y que tras los sucesivos golpes de mercado (hiperfinflaciones del ’89 y el ’90), terminó liquidando al Estado argentino con las privatizaciones y regímenes regulatorios claramente favorables a las empresas privatizadas.

Un modelo agroexportador, sin industrias, sin trabajadores, destructor de empleo, pero con un mercado financiero hiperdesregulado y macrocefálico, y con altísimas tasas de desinversión. Esa era la “Argentina modelo” del FMI y de los capitales españoles, que siguieron prolijamente la receta de la “segunda colonización”: un capitalismo de enclave, donde se priorizaba la rentabilidad por sobre la inversión. El negocio de corto plazo por sobre el mediano y largo plazo. Es la situación que describe la película Quebracho. En un diálogo muy picante, el abogado Rogelio Lamazón (Lautaro Murúa), le reclama al gerente de La Forestal por la necesidad de reforestar el bosque: en un año se habían talado más de un millón de árboles y no se había replantado nada. El empleado inglés (Héctor Alterio), responde: “Es que no tiene sentido replantar. Tardan más de 100 años en desarrollarse”. “Y para entonces ustedes ya no estarán aquí. Y nos quedará la tierra sucia y baldía, que no sirve para la agricultura ni para la ganadería”, afirma Lamazón. (Quienes quieran ver ese diálogo, pueden ir a http://www.youtube.com/watch?v=77J9hG16AZI )Esa fue la realidad de Santiago del Estero, la provincia más empobrecida del país producto de una política claramente extractiva. Ese era el panorama que teníamos enfrente. La lógica de Repsol para explotar YPF era la de una empresa privada que busca maximizar sus beneficios: no era “racional” reinvertir en la Argentina, un país en el que la tasa de beneficios debía ser compartida con el Estado (vía regalías e impuestos), con precios acordados con la Nación (olvidando que son las provincias las propietarias de ese producto).

Era “racional”, eso sí, buscar otros horizontes donde invertir las ganancias extraordinarias que sacaran de la explotación del subsuelo argentino. Con sus últimas fuerzas, Adolfo Silenzi de Stagni nos advertía que a las empresas no les interesa invertir en exploración. Buscan la ganancia rápida, sobreexplotando los pozos ya encontrados y abandonando el campo cuando ya no pudieran extraer más. Hoy, en el medio de la pirotecnia verbal de los dirigentes políticos y empresariales españoles, nos enteramos de que Repsol hace cinco años viene gestionando la venta de YPF a una empresa china (Sinopec), por 15.000 millones de dólares. Los empresarios españoles, en su necesidad de remesar altísimas tasas de utilidades a sus casas matrices para equilibrar las cuentas (tanto de sus empresas como de la propia España), no pudieron entender la magnitud del desafío argentino. De nuestra necesidad de consolidar un modelo de crecimiento con inclusión social. Y para ello, utilizar las herramientas más adecuadas a cada momento histórico. La expropiación de YPF fue un paso más en ese sentido. Agotado el camino de la negociación, sin respuestas a la presión por más inversiones, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no tuvo otra alternativa que enviar al Congreso la expropiación de la compañía petrolera.

La YPF con mayoría estatal será un elemento muy importante para consolidar el modelo de desarrollo nacional y para morigerar los impactos de un mercado internacional del crudo cada vez más imprevisible. Ya lo dijo Axel Kicilof en el Senado: para nosotros, el valor del petróleo no puede ser el internacional sino el valor de extracción. Lógico: porque es nuestro. Porque así vamos a impulsar un mercado en crecimiento y evitaremos el riesgo de contagio de recesiones y cimbronazos económicos. Frente a los que nos recomiendan prudencia y nos pronostican calamidades; ante los que nos proponen nuevamente recetas privatizadoras y nos auguran un futuro de maravillas si abrazamos el credo del FMI, solo podemos responderle en criollo: “el que se quemó con leche…”.

Diputado nacional por el Frente para la Victoria (Río Negro)

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