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El luthier Sabbatella creó un nuevo instrumento

El maestro de bandoneón, músico de los 40 y actual vecino de Cipolletti ideó una "charantarra".

El artista comenzó su carrera musical en la época más popular del tango, en la que brillaban Troilo, Pugliese, Manzi y muchos más.
 

Enrique Alfredo Sabbatella es un maestro de bandoneón que vive en Cipolletti. Porteño, nacido en el famoso fortín de Villa Luro en la década del ‘30, llegó a la región hace más de diez años. Se hizo músico en los tiempos más populares del tango, en los que Troilo, Pugliese, Manzi y Láurenz, entre otros, marcaban tendencia y a una generación en la historia del género. Las necesidades de principio de siglo pasado, caracterizado por las guerras, lo hicieron luthier. A pesar de sus años y sus problemas de salud, el hombre sigue creando. Hace poco finalizó un nuevo instrumento: una charantarra.
En su departamento, escondido en el trasfondo de una casa, vive solo. Enrique es un vecino más en el lugar, en el que seguramente pocos imaginan las experiencias vividas por ese abuelo de cabello blanco y de andar cansino.
Ya en el interior de su casa, pequeña y de pasillos angostos, puede comenzar la sospecha. Un taller con herramientas de carpintería, al lado de la mesa en la que se alimenta, algunos baúles y en una de las paredes un enorme cuadro de un sujeto con un bandoneón. Ése es Enrique, y la pintura se la regaló un amigo español en Tandil.
Según contó, a la región lo trajo la vida, se enamoró del lugar y decidió quedarse, a pesar que sus hijas, nietos y bisnietos viven en Castellar de Buenos Aires y que por los precios de los pasajes no puede viajar muy a menudo.
“El valle me atrapó desde el primer momento”, sostuvo. Llegó la zona para sumarse a una orquesta de Neuquén, no fue posible un acuerdo, pero de todas formas no regresó a Buenos Aires. Dio clases de bandoneón en la Universidad Nacional del Comahue por muchos años y también en la Casa de la Cultura de General Roca. En Cipolletti escribió un libro e ideó un instrumento.
“De mi fueye” es el nombre de la obra del músico, en la que el reconocido Miguel Ángel Barcos escribió el prólogo y que fue declarada de interés social, cultural y educativo por la Legislatura de Río Negro. “El libro cuenta toda la historia del bandoneón y hay toda una enseñanza, que sin un maestro, uno puede aprender a tocar el instrumento”, explicó.
 
Una “charantarra”
“Un amigo me regaló la carcasa de mulita y yo pensé qué puedo hacer. Un charango no, porque es lo común. Entonces un chico conocido me dijo porque no se te haces algo con cuerdas de guitarra de concierto y de requinto. Entonces yo dije bueno vamos a hacerlo, vamos a darle para adelante”, así fue cómo Enrique emprendió su nuevo proyecto musical.
El instrumento tiene doce cuerdas, se toca como guitarra, pero posee un armazón como el de un charango. “Yo me quede asombrado por el sonido que tiene, por la resonancia. Entonces dije vamos a ponerle charantarra, ni charango ni guitarra”, manifestó.
La realización le llevó algo más de un año, ya que en medio tuvo algunos problemas de salud que lo alejaron de lo que más le gusta. “Hay algunas cosas que ahora no las puedo hacer por mi columna, pero dentro de todo no me quejo. La vida es linda hay que disfrutarla y voy tratando de hacer algo para que quede, para el futuro”, sostuvo.
Actualmente espera por la opinión de un músico neuquino, para que le dé su punto de vista sobre el instrumento. “A mí me gusta la opinión de todo el mundo”, dijo.
“Normalmente, cuando fabricamos el instrumento, ya está patentado automáticamente”, expresó Enrique, quien es parte de la Asociación Argentina de Luthiers.
Respecto de las nuevas generaciones de bandoneonistas, el maestro indicó: “Los chicos salen con mucho entusiasmo, a algunos le falta lo que es el ‘tango-tango’ de la década del 40, tan espectacular. Pero tocan muy bien, por ahí les falta algún detallito, pero también hay que entender que la música se transforma”.
El porteño sostiene que las nuevas fusiones no son negativas para el género: “Yo creo que falta conocimiento. Miguel Simón, quien era bandoneonista, tocaba folklore en Salta y he conocido muchos músicos que fusionaron el instrumento con otros estilos. Lo que pasa es que hay que ponerse en el lugar de cada cosa. Yo he hecho fusiones entre el rock y el tango”.

 

De la pasión a la necesidad, en tiempos de guerra

Sabatella contó que llegó a ser luthier porque en medio del conflicto mundial no ingresaron instrumentos ni respuestos al país.
 
La niñez y adolescencia de Enrique Alfredo Sabbatella fueron en épocas en las que el tango ya no era cosa sólo de las clases bajas. La del ’40 fue una generación de músicos brillantes que lograron que el género supere las barreras sociales y sea popular.
El tango se escuchaba por todos lados y muchos soñaban con llegar a ser como uno de esos maestros a los que admiraban. Enrique tenía 10 años cuando comenzó a interesarse por el bandoneón.
“Lo vi tocar por el amigo de un hermano y le dije que quería aprender y él me recomendó a un vecino del barrio. Entonces fui. Dos años me duró el maestro, un gran tipo. Ese era el tiempo de las grandes orquestas de Troilo, de Láurenz, de Mafia, había tantos músicos con talento”, recordó. “Después seguí por mi cuenta, fui aprendiendo, preguntando, yendo y viniendo”, indicó.
Las personas que hacían música, en ese tiempo, debieron arreglárselas para conseguir los instrumentos, como las piezas que se les rompían, ya que había restricciones en las importaciones. Fue así como el bandoneonista comenzó a carrera como luthier.
 
Por necesidad
“La necesidad tiene cara de hereje. En la época de la segunda guerra mundial, no entraba y no salía nada. Se te descomponía el bandoneón y obligado tenías que ver cómo lo arreglabas entonces nos fuimos acostumbrando”, contó el hombre que en su casa tiene un taller y que realizó un instrumento de doce cuerdas, seis de guitarra y seis de requinto y lo llamó charantarra.
“De a poco te ibas metiendo en el instrumento, cuando te querías acordar ya sabías todo, a fuerza de la necesidad. Para nosotros era arreglar un instrumento que andaba mal, ponerlo en funcionamiento, después salió la palabra fina esa de luthier, que salió de un grupo famoso más actual, pero para nosotros era otra cosa”, explicó.

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