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Chimpay recibe a los fieles de Ceferino

Los peregrinos comienzan la travesía al Valle Medio para rendir tributo al beato argentino. Unas 200 personas viajan a caballo hacia el santuario. El lunes se cumple un nuevo aniversario de su natalicio.

La misa central será el domingo, aunque las actividades se extendieron durante toda la semana.
 
Este domingo se realizará la misa central de la tradicional peregrinación a Chimpay de los peregrinos del beato Ceferino Namuncurá. Desde las 11, obispos patagónicos oficiarán la ceremonia ante miles de personas. La movilización de fe por el “santo mapuche” reúne anualmente a feligreses de toda la región, muchos de los cuales llegan hasta el Valle Medio a caballo y de hecho, unos 200 jinetes de Río Negro y Neuquén ya están cabalgando hacia el santuario.
Por la masiva concentración popular, la Dirección de Seguridad y el Departamento Tránsito de la Policía anunciaron la implementación de un operativo especial de prevención, que se extenderá durante todo el fin de semana. “Un evento tan importante requiere redoblar esfuerzos y optimizar los recursos”, dijo el jefe de Zona de Seguridad Vial del Valle Medio, Daniel González.
Confirmaron que se enviarán recursos humanos con motos desde las distintas zonas de seguridad vial para incrementar la presencia del personal policial en las rutas del Valle Medio.
La procesión se realiza para recordar el natalicio de Ceferino (el 26 de agosto de 1886). Hijo del cacique mapuche Manuel Namuncurá y la cautiva chilena Rosario Burgos. Será la 43ª movilización, que incluyó actividades durante toda la semana. Se rezó por todos los enfermos, hubo una bendición y envío de los servidores y hoy será el día del perdón y la reconciliación a las 19.
 
Santo mapuche
Ceferino profesó la fe católica desde su niñez y siguió el camino del sacerdocio, aunque nunca renunció a sus raíces mapuches. En 1904, visitó al Papa Pío X y le obsequió un quillango mapuche.
El joven se había radicado en Italia para tratarse de una tuberculosis, que le provocó la muerte en 1905 y sus restos fueron repatriados en 1924.
Al príncipe mapuche se le atribuye un milagro, aceptado como tal por el Vaticano, por lo que fue beatificado como un primer paso a su canonización. Se trata del caso de una mujer de Córdoba, que tenía 24 años y que se curó en forma instantánea e íntegramente de un cáncer de útero, y hasta pudo concebir nuevamente.
Según registros de la Santa Sede, la ciencia ha catalogado el hecho como absolutamente inexplicable y fue corroborado con estudios médicos anteriores y posteriores de la mujer, que acreditan la desaparición de la enfermedad. Este milagro atribuido a Ceferino se produjo en el 2000, cuando la familia de la joven con cáncer de útero pidió intensamente la intercesión de Ceferino ante Dios para salvar la vida. El papa Benedicto XXVI lo beatificó en 2007.

Escenario
Por Santiago Ocampos (*)

La figura de Ceferino Namuncurá sigue siendo motivo de distintas miradas al intentar comprender el camino que lo llevó de la Patagonia a morir en Roma, la tierra de los césares y del Papa. Muchos todavía nos preguntamos quién era este niño adolescente, príncipe mapuche y virtuoso cristiano.
Considero importante poner en relieve distintas aristas de la personalidad. Por un lado impulsa a miles de fieles a peregrinar para rogar su intercesión y por otro es discutido en distintas comunidades mapuches. Estos últimos lo entienden en virtud de un ardid del hombre blanco y en particular de Monseñor Juan Cagliero, que llegó a estas tierras a fines del siglo XIX con la avanzada militar del General Julio Argentino Roca.
En las tradiciones populares, dar un nombre es transmitir, al mismo tiempo un deseo y un destino y por otra parte, el cautiverio es una táctica de guerra muy usual utilizada para vengar el atropello del enemigo. Es así como comienza la historia de Ceferino. Primero recibe el nombre de Namuncurá, o “estirpe de piedra” tal su traducción del mapudungun al español, misión y herencia real de su padre y de su abuelo Calfucurá, pero también de la sangre de la cautiva Rosario Burgos, su madre.
Hay historias de vida muy particulares. La del Lirio de Chimpay lo fue.  El extenso y arenoso desierto patagónico imprimió a sus ojos una mirada particular de la vida.  Aprendió a caminar al igual que un exiliado desde muy pequeño. Creció de golpe acostumbrándose a perderlo todo siempre. Quizás por eso nunca tuvo miedo a dejar la casa, nunca tuvo nada, solo lágrimas.
Es importante inferir que su conversión al cristianismo no fue una traición o un pasaje de un rito a otro. No se olvidó de su historia ni de contar los ciclos de la naturaleza. Nunca dejó de ser aquel niño prodigio que asombraba a orillas del río Negro con su sabiduría y templanza. Pensaba siempre en la importancia de llamarse Namuncurá en las interminables noches de tos de su flaca salud.
Viajó a Roma para enseñarle al Papa el sufrimiento del pueblo. Fue a pedir piedad y a llevarle las ofrendas, el color de los tejidos, de los ríos patagónicos y de la injusticia. Mujeres violadas, huérfanos, ira y olor a heridas supurantes fueron la manta que desplegó ante esta anciana autoridad, como alguna vez lo hiciera San Juan Diego frente al Obispo mexicano para mostrarle el dibujo de la Virgen de Guadalupe.
Jamás fue engañado. Todo lo hizo con mucho esfuerzo y con los pulmones exhaustos. Valiente, lejos de su casa, con sus libros, su humildad y su pequeño corazón de gigante. Una acuciante tuberculosis le hizo parir todos los dolores de huesos que la Conquista del Desierto les hacía sentir a sus hermanos todos los días, allá en el lejano sur que nunca abandonó.
En San Ignacio, donde descansa con justicia el Príncipe Mapuche, el latido del cultrún anuncia que ya no hay vencidos ni vencedores sino un pueblo nuevo hecho de barro capaz de escribir otra vez la historia.
 
 
(*) Escritor cipoleño.

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